Corazón crudo.

Sábado a la tarde en soledad, sol radiante. Camino hasta mi habitación, cierro la persiana, las cortinas y me dispongo a dormir LA siesta del fin de semana: esa gordita simpática que te deja más de cama que al principio, de la que te cuesta recuperarte y olvidar.

Dos acolchados y una frazada me sirven de coraza en un invierno que combina a la perfección con mis circunstancias. La gata se acuesta al lado mío porque sabe que si tuviéramos patio con parrilla, barco o playa lindera nuestra suerte sería otra; pero para poder realmente disfrutar del sol hay que ser menos pobre.

Prendo la televisión. Si los ángeles tienen un llamador, el sueño también y viene en forma de pantalla y programas de poca monta. En uno de los canales de documentales están pasando una serie sobre pesca en kayak en el Océano Pacífico. Si algo le marida con exactitud a mi desinterés es la pesca. Una suerte infrecuente en mi vida se adueña de mi tarde y me preparo para dejarme ir en los brazos del inconsciente. Pero para terror de mis males, el capítulo es interesante; al punto de que cuando termina apago el televisor, doy vueltas buscando el sueño, no lo encuentro, vuelvo a prenderlo y me alegro de ver que las cañas todavía siguen picando. Ya es demasiado tarde: estoy enganchada.

Los Guerreros del Pacífico se ponen competitivos. La temporada de pesca en Hawái está en marcha, expectativas incluidas. Mi mundo se reduce a la carrera por conseguir un atún de 50 kilos: las carnadas pican, los tiburones acechan, el mar se tiñe de rojo y un par de sacerdotes marinos luchan cuerpo a cuerpo para bautizar a los peces con sus anzuelos hasta convertirlos en pescados.

En un momento crucial, uno de los protagonistas saca el primer atún de la temporada. De este suceso único y exitoso se desprende un ritual, así lo anuncia él, así lo entiendo yo:

“Ahora me comeré su corazón. Es una tradición para asegurarnos una buena temporada de pesca.” Palabras más, palabras menos, mismo punto. Comerse el corazón del atún para que la suerte no se ponga vegana.

Le realiza un tajo abrupto, un corte seco y preciso que ni el mejor cirujano podría ejecutar con tanta exactitud. Mete la mano y en un segundo, sin margen de error, saca la bolita de carne roja que mantenía con vida al animal vertebrado, que sigue moviéndose por reflejo, como queriendo conservar una vida que no tiene hace varios minutos.

“Ven, este es el corazón” dice el Hannibal Lecter del océano, y la cámara hace foco en una masa pequeña con textura gomosa que palpita involuntariamente. “Todavía sigue latiendo” aclara, algo que podía ver y no dejaba de horrorizarme.

Por un lado, el cuerpo muerto del pescado agitándose de forma frenética sobre el kayak, por otro, su corazón latiendo en la palma de la mano de quien le había causado ese perecer. Y así, fiel a la tradición y honrando a sus antepasados, el pescador liquida la tarea en un solo bocado, con la esperanza de que ese ritual le trajera algo mejor.

El día sigue y el protagonismo del que inauguró la pista se reemplaza por la esperanza de un nuevo pique. Para ellos, un día más entre olas y quehaceres en lucha por sobrevivir. Para mí, un ser humano se había tragado un corazón cuando todavía latía.

Termina el capítulo, me levanto. Ya había visto suficiente agua pero igual me preparé unos mates. El sol brillaba, no como antes. La gata se queda en la cama, ignorando lo que había sucedido o consternada por lo que había sucedido, cómo saberlo.

 

Nota del autor: cualquier asociación con la ruptura de un vínculo amoroso es mera coincidencia.

 

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