Ruptura Artesanal

Tomo un sorbo largo, la cerveza se inclina lo suficiente como para liberar gran parte del fondo y te miro a través del vidrio grueso. Estás borroso, empatizando de forma involuntaria con mis pensamientos. Apoyo la pinta de boca ancha sobre la mesa de madera y tomo una papa rústica, la mastico rápido, me acerco la hamburguesa completa con ambas manos y la hundo contra mi paladar. El menú que elegí es similar al tuyo y poco indicado para la ocasión, pero pasamos por esto ya tantas veces que da lo mismo un licuado, un café o una tira de asado. Más tarde voy a tener una pelota en el estómago, me consta, pero eso ahora poco importa.

“¿Y? ¿Qué hacemos?” te escucho decir con la boca llena y sin expectativas. Ya intentamos seguir juntos y estar solos, nada funciona. Te miro y sigo comiendo. Entra al bar una parejita que se está abrazando, quizá nosotros en otro momento. El sonido ambiente es tan significativo que logra entorpecer nuestros silencios incómodos. Esperás una respuesta que no puedo darte, que no sé darte, que no quiero darte.

“Hicimos todo lo que pudimos” esbozo con la voz quebrada. Debería tener el estómago cerrado pero no puedo mentirte, Augusto. Tengo hambre y la hamburguesa tiene queso fundido, tomates secos y cebolla caramelizada. Las papas parecen botes y huelen a romero. La cerveza artesanal está helada y ligera. Tampoco es nuestra primera vez bocetando una separación, y vamos, vos también estás comiendo. Fue triste las dos primeras veces, ahora mezcla desesperanza y resignación.

Entra otra pareja, entre feliz y desgastada, como todas. En una mesa en diagonal hay un grupo de varones. Uno me mira fijo, como apurando el desenlace sin perdices. La moza anuncia que se está por terminar el 2×1, que hay que aprovechar; como si nuestra voluntad estuviera atada a la economía y necesitáramos obligarnos a consumir solo porque es gratis. Te pedís otra cerveza, solo porque es gratis.

Me das la razón y suena una campana que indica que finalizó el happy hour, una metáfora que ni ensayada hubiera calzado tan justa. Para la noche, es temprano. Para nosotros, demasiado tarde. Sin embargo, en el colegio nos costaba conjugar verbos y ahora nos sigue resultando difícil pasar de presente a pasado. El problema, creo yo, es que existen muchas formas en pretérito y nosotros acabamos de llegar al más inmediato. No te lo digo, pequeño lujo que me brinda que no puedas escuchar mis pensamientos. Sigo comiendo. La situación tiene la hostilidad de la angustia sin lágrimas.

Le doy el último bocado a lo que queda de pan y no puedo creer haber terminado, en todos los sentidos. Te miro, vas por la mitad del plato. No debería comer tan rápido, ni tanto, ni tan mal. Tengo el estómago lleno, no cerrado, ostentación burguesa. Desabrocho el primer botón de mi jean y me lamento por no poder darte una ruptura más poética. Empezás a comer lento como cuando lo que se tiene ya no se quiere y me siento culpable por haber devorado la comida con tantas ansias. Todo esto me duele y ahora en la panza.

Apuramos la bajada de telón, pedimos la cuenta y pagamos a medias. Chau, Augusto. Me tomo un taxi hasta mi departamento. Me recuesto mareada sobre la almohada y con la sensación de tener comida en el cerebro. Al rato, me quedo dormida, como hibernando.

Me despierto siete horas después, con la misma ropa de la noche anterior. Salgo corriendo para el trabajo porque se me hizo tarde. Cuando llego, una compañera apoya una torta de chocolate sobre su escritorio. Es su cumpleaños. Me ofrece una porción, la acepto y termino completa. Almuerzo. Tomo la merienda. Para la noche, me llega un mensaje: “mañana paso a buscar mis cosas”. Ensayo una cena con lo poco que tengo en la heladera, me las ingenio para hacer una tortilla. Me siento frente al plato, mastico un bocado y me cuesta tragarlo. No tengo apetito. Como si tuviera un metabolismo emocional lento, por fin, recién ahí, es oficial: se me cerró el estómago.

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