Mimí Lunalí.

Mimí Lunalí fue el nombre artístico que adoptó Sara García, una rubia de curvas exuberantes insatisfecha con el título de su identidad. La musicalidad de Mimí conjugada con la rima que proponía Lunalí la cautivó por completo.

Su carrera hacia la fama se inició en los primeros setenta, cuando apenas declaraba veinte años, y aún no mentía. Con su altura privilegiada y las facciones más pictóricas que conoció Lanús Oeste en toda su historia, se dispuso a ser famosa gracias a una conjugación de belleza natural y talento pretendido. No fue fácil: la realidad no colaboró.

Para los años ochenta había conseguido algunos logros modestos; como desfiles de marcas por catálogo, producciones de fotos para revistas de tejido o costura y bolos intrascendentes en programas de televisión de rápida cancelación. El destino que muchos le auguraban (sobre todo, ella misma) no se materializaba en la vida de una Mimí perseverante: ella sería una estrella.

Lo que sabía es que nada se consigue sin insistencia. Lo que ignoraba es que los productores la consideraban una modelo pésima y una actriz todavía peor. No tenía gracia, fluidez ni brillo. Su belleza lograba llamar la atención de cualquiera, pero le bastaba con caminar por una pasarela o recitar un diálogo para ver que su hermosura perdía la pulseada contra la simpatía de una rival menos atractiva. Eso sí: era tosca pero determinada. Su nombre figuraba en las listas de cada audición, a pesar de que su suerte siempre se perdía por el carril sinuoso.

1993 la encontró cumpliendo cuarenta años, casada, con dos hijos, las mismas aspiraciones y algún que otro mérito. Había conseguido posar para una campaña fotográfica de la marca Ángelo Paolo: la mostraban con una campera de jean que apenas cubría sus pechos. No aparentaba la edad que tenía y las cremas importadas del uno a uno, el ejercicio físico diario, el cuidado capilar constante y alguna cirugía estética que negaba la mantenían dentro del plantel de las lindas. Aun así, no lograba dar el salto hacia la fama.

Un día frío de mayo, contra cualquier pronóstico, escuchó por fin un: “Sí, quedaste”. Y se embarcó en una experiencia que la colmó de felicidad. Su trabajo no exigió complicaciones: Arturo Puig entró al bar consternado por una pelea previa con María y se sentó en la barra. Ella, detrás de la barra y con la remera más escotada del mercado, agitó una coctelera lo suficientemente fuerte como para que se le movieran los pechos y le preguntó: “¿Qué te sirvo, lindo?”, a lo que Arturo respondió: “un whisky doble”. Y se miraron por unos instantes. Luego, él se fue a sentar a una mesa, solo. Esa fue la escena.

Ese capítulo de “¡Grande, Pa!”, grabado en VHS, fue el más visto del barrio. Cuando terminó, el teléfono de línea de Mimí sonó durante horas. Todos sus familiares, amigos y vecinos querían felicitar a la nueva estrella de la televisión argentina. El día posterior no había quién no la saludara por la calle o le pronosticara el mejor futuro. El segundo día, ya nadie recordaba el episodio. La puerta que esperó que se abriera luego de esa oportunidad permaneció cerrada: en las audiciones no conseguía aceptación y la experiencia que ya era edad comenzaba a destacarse en el mal sentido entre las caras jóvenes. Más temprano que tarde, dejó de intentarlo. La telenovela con su nombre no estaba en los planes de nadie más que ella.

De a poco comenzó a descuidarse. Engordó, dejó de hacer ejercicio y no luchó contra el paso de un tiempo que la llenó de arrugas, flacidez, canas y resignación. Para cuando comenzó el segundo milenio, Mimí era más Sara que nunca: una ama de casa en batón, esperando un nieto. Su nueva realidad la llevó a mudarse a otro barrio.

Una tarde como cualquiera, mientras hacía las compras la increpó un desconocido:

“¡Eh! ¡Vos sos la del poster! Me acuerdo, hace muchos años trabajaba en un taller mecánico y teníamos la foto de tus tetas, eh… de la campera, que estabas toda mojada. Con los muchachos estábamos locos, locos. ¿Me puedo sacar una foto con vos? Se la mando al grupo y se mueren.”

La Mimí resurrecta aceptó pero se odió por tener las raíces del pelo crecidas, una remera de algodón manchada, las uñas sin el esmalte rojo perlado y ni una gota de maquillaje.

A partir de ese momento se puso a dieta, empezó a caminar alrededor del parque, se compró ropa nueva y no dejó que la luz del día o la oscuridad de la noche la encontraran sin su labial carmín. La llama interna se reavivó gracias a esa casualidad. Así es como recordó que era una abuela, pero también la actriz que le había servido un whisky a Arturo Puig en un bar ante millones de ojos.

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