Cerrado por duelo.

“Cerrado por duelo.” El mensaje del cartel pegado en la puerta era tan claro como la letra o el blanco del papel. Leí varias veces lo que ya sabía, sorprendida o decepcionada, con la esperanza inútil de que una resurrección repentina me evitara el tener que volver. Con el egoísmo que me corresponde por cargar con treinta años de hija única, maldecí lo que me estaba sucediendo. Sí, a mí, que estaba entre los vivos todavía.

Me alejé refunfuñando. Volvería cuando la suerte fuera más contemplativa para todos los frentes.

A los pocos días, reincidí. Ningún cartel anunciaba una tragedia y eso no eran malas noticias: teniendo en cuenta el pasado y el contexto, hasta podrían ser buenas. Subí rebalsando de incertidumbre la escalera de mármol y me choqué con la recepción. Mi decisión era clara: no iba a indagar. No me competía.

“Hola, ¿qué tal? ¿Está Estela?”, pregunté, y se me heló la sangre.

“Está de vacaciones” respondió la cobradora morocha con ese nombre que jamás retuve. El dato me regalaba una dualidad engañosa: Estela seguía existiendo pero no sería la encargada de atenderme.

“Ehm…, ¿y Patricia?”, presioné. Cada interrogante comenzaba a asemejarse al juego Quién es quién, pero de la muerte.

“Sí, pasá por el uno”, me sentenció.

Dos más, dos menos. No iba a investigar. No me correspondía. Ni siquiera había ensayado un argumento que me llevara a la respuesta por la puerta de atrás.

Me desvestí y, sin pudor ni bombacha, me acosté sobre la camilla fría mirando hacia el techo manchado de humedad. Alcancé suspirar dos veces para cuando Patricia, armada con el emblema de los hábitos innecesarios, apoyó el tarro de cera depilatoria negra sobre una mesa con rueditas y me preguntó qué me quería hacer. El panorama nunca es alentador cuando la genética no te tiró un centro ni en lo que refiere al vello: pierna entera, pelvis completa, tira de cola y glúteos eran el combo no tan feliz. Media hora por delante, como mínimo y en el mejor de los casos.

Comenzó su trabajo y yo el mío: arrancar y sufrir, respectivamente. No suelo hablar con la gente que me brinda un servicio, por lo que mantuve la mente tan cerrada como la boca, domando a la curiosidad con reflexiones banales. La conversación la sacó ella, quizás para hacerme el rato tolerable o, más probablemente, porque se aburría. El clima, el evento social del mes, por qué te afeitaste con maquinita; entre otros lugares recurrentes. Venía esquivando el tabú con una cintura envidiable hasta que se puso a brillar por su ausencia.

“¿Te enteraste de lo que pasó?”, preguntó.

Cómo explicarle que sí pero que no, y que no quería saber. Cómo no ser la clienta desalmada que avecina la llegada de la información y esconde la cabeza en la tierra para que el saber no la involucre. Qué decir, de qué forma. Le expliqué que había visto el cartel y que eso era todo lo que conocía. No tuve que esperar mucho más para toparme con la verdad: la recepcionista rubia había tenido un paro cardíaco. Dijo su nombre, nunca lo aprendí y para estas alturas tampoco era necesario.

Generé una empatía medida, atípica para mis niveles de exageración. La cera caliente ardía en mi cavado y mi atención se las ingeniaba para ausentarse de todo lo que sucedía en ese nuevo episodio que me tenía como víctima voluntaria del patriarcado. Cuando menos lo esperaba, llegó lo inevitable: Patricia comenzó a llorar. La dureza de cartón que yo impostaba se desvaneció tan rápido como esos suspiros que deberían servir para que el tirón no doliera tanto. Me pidió disculpas, que me diera vuelta y me separara los glúteos con las dos manos. Con la cera quemándome entendí que muchas interpretaciones pueden hablar de lo mismo, y que para mí una extraña había sufrido un proceso natural, pero a mi depiladora se le había muerto una amiga. Pensé en las mías, en qué pasaría si las pierdo. En ese instante mi cuerpo se anestesió, como si la portadora de la espátula de madera hubiese absorbido todo el dolor del mundo. No me sentí triste, ni avergonzada; solo estúpida.

Patricia seguía llorando pero en ningún momento perdió de vista su objetivo. Pensé en abrazarla más de cinco veces, pero mi posición y mi desnudez hubieran enrarecido el gesto noble. Admiré la batalla que libraba, su alternancia entre la aplicación de cera y el secado de lágrimas, sin que su pulso perdiera la efectividad que su voz ya no tenía para sostener las palabras.

Terminó su trabajo en tiempo y, tal vez, en forma. Me paré sintiéndome más mujer. Aun antes de salir de la sala supe que la sensibilidad está tan encarnada en nuestros actos como la capacidad de comer lo que la vida pone en el plato. Que la facilidad para exteriorizar el dolor no nos hace débiles. Que nuestras emociones no nos impiden tener una vida útil, porque lo que quema por fuera y por dentro nos hace respirar profundo, pero no nos quita el aire.

Los pelos crecen como las niñas que al depilarse se convierten en mujeres a las que hablar les brinda alivio, porque el dolor siempre pasa por el cuerpo, pero se hace más llevadero cuando no dejamos que muera adentro.

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