De pelos.

Tenía el pelo suelto. Yo. Él tenía el pelo corto y estaba sentado en la única mesa redonda del café. Era la segunda vez que entraba a Los Lirios y me topaba con esa piel blanca, ese pelo y cejas negras y los ojos claros más inconfundibles.

Elegí mi ubicación con estrategia y pedí lo mismo que él. Así descubrí que la distancia favorece a una vista panorámica y que el strudel de manzana no me gusta.

No iba a perder otra vez la oportunidad. Saqué de mi mochila una libreta, una lapicera y la colita de pelo bordó que estaba en el bolsillo. Me lo até todo recogido hacia atrás. Escribí: “Daniela, 15 5 8…”, pero interrumpí mi sincericido telefónico porque el pelo me tiraba. Lo solté, acomodé y volví a atar. Tomé la lapicera pero me había quedado un globo, una joroba casi en la nuca, así que lo solté y volvía a atar. Releí y estaba incómoda con todo. Tiré el papel y liberé a mi cabeza de la prisión de la gomita. Mis manos comenzaron a transpirar.

Empecé de nuevo. Otro papel, las mismas expectativas sentimentales de siempre. “Daniela, 15 5…”, ahora con letra más redonda y varios mechones marcándome franjas en la cara. Opté por la solución más efímera: hacerme un rodete con mi propio pelo. Una idea brillante que jamás funciona si no tenés rulos. De todos modos, apenas cayó, reincidí. Y cuando de nuevo ocurrió el derrumbe, fijé el rodete con otra lapicera que rescaté del fondo de la mochila. En algún momento de mi adolescencia me había convencido de que eso me daba frescura y espontaneidad. Pero el reflejo de la ventana me contaba que solo era una piba con una lapicera en la cabeza. Desistí y dejé que el largo se explayara sobre mi espalda.

Era en ese momento o nunca. Y nunca, nunca es opción. Mi potencial futuro esposo no se iba a quedar a vivir en el café, y yo tenía que hacerle saber de este enamoramiento oportuno. De nuevo un papel en blanco, la tinta y las ganas: “Daniela, 15 5 839 3219”. Esa vez pude terminar de redactar y sentí orgullo. Me tome el pelo con la mano derecha, lo llevé por completo hacia ese costado y doblé la mini guía telefónica autorreferencial. Comenzó a picarme el lateral del cuello así que me hice una trenza y lo tiré para atrás. Se desarmó al instante, pero no lo noté sino unos minutos después, cuando en un descuido metí un mechón en el café con leche.

Todas las cartas estaban listas para ser jugadas. Me tenía que parar, darle el papel y volver. No era tan difícil. Repasé los movimientos. Esperé. Esperé cinco minutos. Diez. El café con leche se enfrió y la manzana del strudel se suicidó contra el plato. Me quería parar pero una fuerza me imantaba a la silla. El plan era infalible y sin embargo me aterraba. Lo peor que podía suceder era que no sucediera nada, y aun así la travesía hasta su mesa se me presentaba imposible. Esperé. Pidió la cuenta. Me recogí el pelo con rapidez, una colita bien alta. Pagó. Yo seguía posponiendo la alarma. Se paró. Era mis quince segundos de fama sentimental…

Se fue.

Yo seguía sentada.

El papel con el número de teléfono me miraba desde mi mesa.

Lo rompí para dejarlo morir en el cenicero y no tener que lidiar con mi agonía. Con un último aliento me solté el pelo y definí que iba a quedar así por el resto de la tarde, que ya era noche.

Salí de ese bar levantándole una bandera blanca a mi valentía y habiendo dejado en la silla la marca de la batalla trunca. El pelo me abrazó la cara por culpa del viento, lo separé como si mis manos fueran rastrillos sobre mis pómulos, con bronca, pero con más resignación. Caminé las cuadras interminables y subí las escaleras hasta el quinto piso a modo de escarmiento, mientras el viaje en ascensor de mi vecina funcionaba como una banda sonora burlona.

Entré a mi departamento agitada. La probabilidad perdida me hervía en la sangre. Me miré en el espejo como la cobarde que tenía una tarea simple y no pudo con el miedo al fracaso.

Y ahí mismo, mirando mi reflejo entre los barrotes imaginarios de una cárcel autoimpuesta, me pregunté cuándo había permitido que la timidez sea la figura de mis límites y en qué momento me había hecho de nuevo una colita en el pelo.

 

 

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2 comentarios en “De pelos.

  1. “Me miré en el espejo como la cobarde que tenía una tarea simple y no pudo con el miedo al fracaso.”
    Me encantó!!
    Siempre que paso por tu blog leo ‘Ni te estoy mirando’ es perfecto para decirlo en un escenario como monólogo.
    PD: ¿Alguna vez viste la película Un amor en tiempos de selfies? Es de 2014 y actúa Martín Bossi. Es de un pibe que da clases de teatro, tiene una mezcla de drama y comedia. Cuestión que me acordé de vos.

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