Angelita.

Mi abuela materna se llamaba Angélica o Ángela, no recuerdo con precisión. Para mí siempre fue la abuela Angelita, resultó una sorpresa cuando en mi infancia me dijeron que “Angelita” en realidad era el diminutivo de un nombre, un nombre menos cálido que no me esforcé en retener.

Ella falleció cuando yo tenía 12 años, o 13, o 14. Solo sé que para mis 15 ya no estaba. Sus últimos años los pasó en un geriátrico porque tenía alzhéimer, nuestro vínculo fue corto y terminó incluso antes de que nos dejara, porque ya no la veía con frecuencia. Mi mamá y mis tres tías hicieron todo lo posible para que sus últimos años estuvieran colmados de cuidado y dignidad.

El día de su muerte yo estaba en Santa Teresita de vacaciones, mi mamá volvió para despedirla pero yo me quedé allá con una amiga de ella que se había ofrecido a cuidarme, y sus hijos, que eran mis amigos. No quise viajar porque… no sé por qué no quise ir a su velatorio. Quizás porque no la sentía lo suficientemente cercana ya que hacía tiempo que no la veía.

Los mejores recuerdos de ella viven en mi infancia, en una infancia no tan temprana como para que sean borrosos, pero sí lo suficientemente ingenua como para permitirme, por ejemplo, jugar con sus vestidos como si fueran propios.

Mi abuela tenía el pelo largo, muy largo, por los hombros. Se los podías contar con los dedos, estaba casi calva. Pero los que tenía, era largos. Yo le hacía trenzas, me gustaba peinarla porque le quedaba una trenza finita, casi un hilito que se lo agarraba al resto con hebillas invisibles. Y tenía muchos vestidos. Debía tener mucha ropa pero yo puntualmente recuerdo sus vestidos. Todos poseían la misma forma pero distinto estampado, eso siempre me llamó la atención. Eran más bien cuadrados, grandes, de señora. Tipo batones pero bien hechos, elegantes. Estaban guardados en un placard de madera oscura enorme, todos juntos, ordenados y prolijos. Algunos eran de algodón, mayormente los que usaba todos los días. Y había otros de telas más pesadas o delicadas que se los ponía para los cumpleaños o alguna fiesta. Mi abuela siempre lució impecable.

Me encantaba probármelos, sentía que me disfrazaba a pesar de que eran vestidos “de verdad”, usaba la imaginación. Me miraba en el espejo que estaba en el placard y giraba rápido, me gustaba que se inflaran con el aire entre la tela y mi cuerpo. Me ponía varios en simultáneo y todos corrían la misma suerte. Mi favorito era uno banco con un estampado en negro que se repetía, y ese espejo era testigo de mi juego incansable.

Guardo este recuerdo de mi abuela materna en un cofre porque es uno de los pocos. También recuerdo su habitación, era muy grande y tenía un techo altísimo que me parecía inalcanzable. Y lo más llamativo del techo era el ventilador ya que tenía una pata al revés, jamás pregunté pero siempre me cuestioné cómo es que nadie se había dado cuenta a la hora de ponerlo. Era una habitación con pocos lujos, la única de la casa, lindera con la cocina y el baño. Ahí yo me probaba sus vestidos. Afuera había un patio enorme de cemento que no estaba alisado, era muy común lastimarme las rodillas o los codos jugando con mis primos.

También sé que a la salsa le ponía azúcar, y eso me gustaba mucho porque le mataba la acidez del tomate. No sé muy bien cómo se conjugaría este entre los otros recuerdos, pero no tengo muchos más de ella.
Hoy en día uso vestidos, me hago trenzas y le pongo azúcar a la salsa de tomate.

Por esas vueltas que da la vida y sin poder explicarlo desde la lógica, la puerta del placard de madera en donde estaba amurado el espejo terminó en mis manos. Se ve que en algún momento desarmaron ese armario gigante que contenía los vestidos y, para no desperdiciar un espejo, desatornillaron la puerta que lo contenía y la ofrecieron al mejor postor. No recuerdo haber dicho “yo la quiero” pero sí verla en la que era mi casa en ese momento y llevarla a mi habitación. La puerta no era muy grande pero sí un tanto pesada, y contenía un espejo angosto bastante desmejorado por el paso del tiempo.

Cuando me fui a vivir sola decidí conservar el espejo pero quise desarmar la puerta ya que la madera estaba podrida, la rompías con los dedos de las manos. La sorpresa con la que me encontré fue enorme: detrás del mismo había una etiqueta con la marca y la fecha. Ese espejo, hoy en día, tiene casi 100 años. Probablemente debe haber pertenecido a mi bisabuela. Tres generaciones de mujeres se cambiaron mirándose en el mismo, y hoy en día yo también.

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