Elba(r).

Ella estaba ahí parada, qué se yo, simple. No forzaba. Fumaba al lado de un cartel que prohibía fumar, tomaba un trago verde de procedencia cuestionable que brillaba en la oscuridad y no le preocupaba tener el pelo desarreglado o la remera al revés. Podía tener un nombre fascinante o llamarse Elba, lo mismo le daba.

Yo estaba ahí, perturbado, confuso, molesto. El bar sucio y desatendido se caía a pedazos, pero ese día no tenía ganas de pretender modales o caretear convenciones sociales, hubiera meado en la misma mesa y al gato obeso sentado en el sillón destruido le hubiera gustado.

Era positivo que el lugar me combinara con el estado de ánimo porque podía no ser como yo, y esa noche necesitaba no ser como yo. O por lo menos, necesitaba ser como yo en mi yo desestructurado, que no pretende agradar o ser prolijo.

Mientras bajaba una jarra de cerveza fría pero sin gas como si me la mereciera me preguntaba por qué nada en mi vida estaba saliendo como esperaba. Por qué me veía obligado a tomar las decisiones que quedaban pero no las que hubiera elegido de tener posibilidad, por qué tenía que volantear a diario para no seguir por la ruta de conformarme con poco, que parecía ser mi destino. Por qué nada nunca tenía el color y la forma que yo quería. Por qué tenía que atajar todos los penales con el pecho, por qué no me salía una. Por qué no me salía una.

En un momento empezó a sonar una cumbia de algún aparato comprado en los ochenta, la morocha vino a mi mesa y se me sentó al lado. No dijo una palabra, solo se sentó y tomaba eso que no se podía ni explicar. A estas alturas yo lloraba, pero lloraba sin el espectáculo de atención infantil, la angustia de una muerte o la congoja del síndrome premenstrual femenino. Caían lágrimas de mis ojos pero mi cara no se inmutaba. El circo de la angustia lo tenía haciendo función adentro.

Estuvimos en silencio quince minutos. Cuando terminé la jarra de cerveza, me paré y empecé a caminar. Ahí la escuché hablar por primera vez. “No te vayas”, me dijo. Me di vuelta, la miré, y recién ahí la miré. Era una piba común, simple, que claramente no pertenecía a ese bar. El rodete a medio hacer, la ropa de entre casa, las uñas desprolijas y su actitud desganada contaban que ella no era así, pero ese día estaba así. Ese día estaba así, como yo, ese día estábamos así.

Volví, pedí otra jarra de cerveza y me senté. Ella seguía con ese trago verde, que por lo que le duró calculo que no le gustaba. Estuve otra media hora sentado en silencio, al lado de ella, pero ya no lloraba. No nos mirábamos, estábamos perdidos en la nube de humo que era el bar y nuestro humor, y para ninguno era incómodo. Ahora estaba ahí por mí pero también por ella.

Cuando la cerveza se me terminó, repetí el mismo mecanismo, me paré y empecé a caminar en silencio. “Gracias”, fue lo último que le escuché. Sonreí, ella no me vio, pero sonreí.

Después hubo un colectivo, cuidad y ruido que no viene al caso. Pero volviendo a lo que me preguntaste, en el bar me olvidé el paraguas y así fue como lo perdí, en un fin de semana en el que no paró de llover y yo no contaba con sonreír.

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