Hoy no es mi cumpleaños.

Me vas a saludar el día de mi cumpleaños. Vas a escribirme por algún medio virtual para desearme felicidades, vas a mandarme un beso grande, vas a esperar que esté muy bien.

Yo te voy a responder, te voy a contar que la estoy pasando genial junto con algún detalle menor del día y te voy a retribuir el beso sumándole un icono de corazón. Voy a esperar en vano que la conversación continúe, pero recibiré una carita feliz a cambio, en el mejor de los casos.

Tu mensaje políticamente correcto se va a perder entre otros saludos, como si fueras alguien más, como si nunca te hubiera despertado a besos, como si jamás te hubiera dicho que con vos era feliz. Lo voy a releer varias veces con la esperanza de encontrar un “te extraño” que se me haya pasado, un “no quería perderte” escondido, un “vayamos a tomar una cerveza pronto” omitido. Nada de eso aparecerá escrito, entonces voy a tener que esperar medio año hasta el día de tu cumpleaños para tener la posibilidad de cruzar unas líneas sin que parezca que te extraño, que no quería que me dejes ir, que quiero tomar una cerveza con vos.

Hoy no es mi cumpleaños. Hoy no vas a escribirme, como no lo hiciste ayer, como no lo vas a hacer mañana. Hoy seguís con tu vida y este 85 que va por Valentín Alsina me cuenta que sigo con la mía, que todavía falta mucho tiempo para sacarme los borcegos y que no es tan grave tener una mala noche. El recorrido es el de siempre pero yo no, porque no sé nada de vos, porque hoy no vamos a hablar, porque hoy no es mi cumpleaños.

Hoy es un día de esos en los que anoche te soñé y ahora me puse a pensar en vos, mientras miro el almanaque y me pregunto si es más probable que yo te pueda olvidar, o que sea 29 de septiembre todos los días.

Elba(r).

Ella estaba ahí parada, qué se yo, simple. No forzaba. Fumaba al lado de un cartel que prohibía fumar, tomaba un trago verde de procedencia cuestionable que brillaba en la oscuridad y no le preocupaba tener el pelo desarreglado o la remera al revés. Podía tener un nombre fascinante o llamarse Elba, lo mismo le daba.

Yo estaba ahí, perturbado, confuso, molesto. El bar sucio y desatendido se caía a pedazos, pero ese día no tenía ganas de pretender modales o caretear convenciones sociales, hubiera meado en la misma mesa y al gato obeso sentado en el sillón destruido le hubiera gustado.

Era positivo que el lugar me combinara con el estado de ánimo porque podía no ser como yo, y esa noche necesitaba no ser como yo. O por lo menos, necesitaba ser como yo en mi yo desestructurado, que no pretende agradar o ser prolijo.

Mientras bajaba una jarra de cerveza fría pero sin gas como si me la mereciera me preguntaba por qué nada en mi vida estaba saliendo como esperaba. Por qué me veía obligado a tomar las decisiones que quedaban pero no las que hubiera elegido de tener posibilidad, por qué tenía que volantear a diario para no seguir por la ruta de conformarme con poco, que parecía ser mi destino. Por qué nada nunca tenía el color y la forma que yo quería. Por qué tenía que atajar todos los penales con el pecho, por qué no me salía una. Por qué no me salía una.

En un momento empezó a sonar una cumbia de algún aparato comprado en los ochenta, la morocha vino a mi mesa y se me sentó al lado. No dijo una palabra, solo se sentó y tomaba eso que no se podía ni explicar. A estas alturas yo lloraba, pero lloraba sin el espectáculo de atención infantil, la angustia de una muerte o la congoja del síndrome premenstrual femenino. Caían lágrimas de mis ojos pero mi cara no se inmutaba. El circo de la angustia lo tenía haciendo función adentro.

Estuvimos en silencio quince minutos. Cuando terminé la jarra de cerveza, me paré y empecé a caminar. Ahí la escuché hablar por primera vez. “No te vayas”, me dijo. Me di vuelta, la miré, y recién ahí la miré. Era una piba común, simple, que claramente no pertenecía a ese bar. El rodete a medio hacer, la ropa de entre casa, las uñas desprolijas y su actitud desganada contaban que ella no era así, pero ese día estaba así. Ese día estaba así, como yo, ese día estábamos así.

Volví, pedí otra jarra de cerveza y me senté. Ella seguía con ese trago verde, que por lo que le duró calculo que no le gustaba. Estuve otra media hora sentado en silencio, al lado de ella, pero ya no lloraba. No nos mirábamos, estábamos perdidos en la nube de humo que era el bar y nuestro humor, y para ninguno era incómodo. Ahora estaba ahí por mí pero también por ella.

Cuando la cerveza se me terminó, repetí el mismo mecanismo, me paré y empecé a caminar en silencio. “Gracias”, fue lo último que le escuché. Sonreí, ella no me vio, pero sonreí.

Después hubo un colectivo, cuidad y ruido que no viene al caso. Pero volviendo a lo que me preguntaste, en el bar me olvidé el paraguas y así fue como lo perdí, en un fin de semana en el que no paró de llover y yo no contaba con sonreír.