En la muñeca.

Estalló y las pelotitas volaron por el aire hasta esconderse en cada rincón de mi departamento. Era una pulsera barata, de cotillón, de esas que están en las piñatas o en las golosinas con sorpresa. Siempre usaba muchas pulseras, al menos cinco, todas en una muñeca. Algunas eran costosas y otras, como la que se le había roto, servían para rellenar. Decía que era la moda y que además le gustaba cómo le quedaban. Pero el elástico pobre que sostenía a las pelotitas plásticas no resistió la presión de la vida cotidiana e inundó mi living de color y mugre.

“¡Ves lo que hacés! ¡Mañana voy a estar horas barriendo esta mierda!”, le grité. No estábamos bien. La relación atravesaba una crisis que no iba a terminarla, pero sí a ponerla en jaque. Dos años de noviazgo contaban nuestros almanaques, un mes de guerras nuestro humor. Ella no tenía la culpa y yo, desde la ira que me generó el que tendría que barrer el accidente, no reparé en que podía importarle perder una pulsera, y que se había puesto linda para mí. “Vamos”, me respondió en seco.

En el auto no nos dijimos una palabra, pero la música que sonaba le gustaba y no atiné a cambiarla. Fuimos a lo de su tía. El cumpleaños familiar no era un buen panorama para dos personas que apenas podían existir en un mismo espacio, pero no íbamos a separarnos, por eso fui, porque no queríamos separarnos, y por eso me invitó.

La noche estuvo bien, cada uno se entretuvo por su lado y cruzamos alguna sonrisa cuando el tío se puso facho o su tía volvió a contar la anécdota de Lorenzo Lamas en el ascensor de su edificio.

Nos fuimos cuando había que irse, la dejé en su casa. Esa noche de viernes no íbamos a dormir juntos, estaba implícito. Se bajó, me dio un beso y dijo: “mañana hablamos”.

Ese sábado no nos comunicamos en todo el día. Yo sabía que a la noche iba a salir con amigas así que arreglé para ver a los míos. Fui a bailar, me emborraché, festejé por cosas que no existen y pensé en ella cientos de veces. Le miré el culo a todas las rubias, creo que en un momento vomité y hasta bailé una canción que no me gusta.

A las siete de la mañana volví a mi departamento. Cuando estaba por quedarme dormido sonó mi celular. Como pude, no sé cómo pude, atendí. Lo que pasó a partir de ese momento fue una pesadilla vívida, que nadie soñó: la amiga conducía y murió en el acto, ella había fallecido apenas llegó al hospital, las dos alcoholizadas, un camión de carga, una avenida transitada, tenían puesto el cinturón de seguridad, la denuncia, el seguro, que fuera. Que fuera inmediatamente.

Me tomó seis meses salir de la nube de tristeza en la que me acomodé. Volví a ver los colores. Creo que para el séptimo manejé otra vez mi auto y en el octavo, me reí. En algún momento entre todo eso volví a coger, a comer y a pensar en el futuro. Después de un par de años seguí adelante.

Hoy mi hija estaba jugando con su caja de disfraces en el comedor, junto a su mamá, mi esposa. Necesitaban espacio para bailar y movieron los muebles. En una esquina, debajo de un sillón que no se había corrido nunca, la nena encontró una pelotita de plástico violeta.

“Papá, ¿qué es esto?”, me preguntó. Se me heló la sangre.

“Eso estaba en una pulserita que se le rompió a Ana hace muchos años. Ana era una persona muy linda e importante en mi vida que ahora me cuida desde el cielo”, le respondí como pude. Se me llenaron los ojos de lágrimas.

“¿Y ella me cuida a mí también?”, me interrogó.

“Sí, claro que sí”, contesté. Tuve que salir al balcón a respirar. Mi hija se quedó en silencio, me notó conmovido, supongo que nunca me había visto así. Pero enseguida siguió jugando como si nada hubiera pasado.

Hace un rato fui a darle el beso de buenas noches. Me acerqué, la besé y me alejé. “Te estás olvidando de alguien”, me dijo. Tenía razón, me olvidaba de saludar a su muñeca favorita, la que duerme con ella. “Chau, Valentina, que descanses”, dije, mientras le peinaba el pelo de lana. “¡No!”, gritó mi hija, “ahora se llama Ana”.

 

 

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Un año, 8 meses y 15 días.

Cuando lo conocí no me impresionó. Estaba desarreglado y un tanto sucio, pero sabía que juzgar por las apariencias era un error así que le di una oportunidad y comenzamos una relación.

Los primeros seis meses fueron maravillosos: todo era nuevo y distinto, me sentía contenida pero desbordaba libertad, no paraba de hablar de él y de lo maravilloso que era. Todos me felicitaban, me hacían preguntas y se alegraban por verme tan feliz; y yo con una sonrisa en la boca les decía que cumplía todo lo que tanto necesitaba. No había miedo, no había dudas, él estaba y yo vivía.

Pero a los seis meses todo cambió. No fue tanto nuestra culpa sino la de terceros. El vínculo bilateral se vio afectado por extraños que llenaron de ruido nuestra relación. Yo empecé a estar incómoda, a llorar, a no poder dormir, a querer irme del abrazo que era verlo a diario. Él no podía hacer nada porque no tenía la culpa, yo tampoco la tenía, ninguno hacía nada para dañar al otro y sin embargo no podíamos seguir juntos. Yo ya no era feliz, iba más allá de nosotros. Todos lo sabían. Pero qué iban a hacer.
Pensé que íbamos a estar toda la vida juntos y sin embargo un año, 8 meses y 15 días fueron suficientes. Nunca hubiera querido dejarlo, recién cuando no hubo más remedio me vi obligada a hacerlo.

Así, hecha un derrumbe de sentimientos, dejé mi primer departamento. El departamento de mi emancipación, el primer hogar que construí, dejé todos mis primeros recuerdos de vivir sola para que otros sueños me usen las esquinas.

Todos los capítulos maravillosos que enhebré en mi historia hacen que los tres hogares y dos mudanzas en un año, 8 meses y 15 días hayan valido la pena.

Ahora todo va a ser distinto, él no lo sabe pero se le vienen dos perras maltesas a las que va a tener que cuidar, y yo tengo la pared bordó que siempre quise.

¿Empezamos de nuevo? Dale.

El nuevo está buenísimo, es más grande pero un tanto más frío, más distante. Me hace sentir segura y como tiene alfombras le puedo caminar descalza, ahora tengo balcón. Vamos a tener nuevos problemas seguramente, distintos, pero también muchas nuevas alegrías y algún que otro murciélago en el taparrollo.

El bienestar como prioridad y los cambios como esperanza, siempre. Pero bueno, no corresponde que siga hablando de mi nuevo amor, recién nos estamos conociendo.