La boya.

Mi abuela le preguntó a mi papá: “¿Por qué Belén está yendo a una psicóloga?”. “Para tener una mejor calidad de vida”, le respondió. A ver, no se le ocurrió a él, repitió lo mismo que respondí yo cuando me preguntó.

(Una vida hablando de mí sin dar demasiados detalles).

Mi abuela no entiende por qué necesito atención psicológica y se cuestiona si tendré algún problema serio; pero tampoco lo entiende mi compañero de trabajo 58 años menor, que cuando le preguntaron por qué me había ido más temprano respondió que tenía medico, porque no se animaba a decir “psicóloga” (no quería exponerme, como si fuera una vergüenza).

¿Por qué voy a terapia? Entre otras muchas cosas, porque me siento una boya.

Una boya, un elemento que oscila entre una inmensidad en la cual ocupa un lugar y tiene una función, que se agarra fuerte de su base para tener entidad, pero que se ve afectada por todo lo sucede a su alrededor.

No es fácil formar una personalidad y defenderla en la ensalada de frutas que es la actualidad. Nunca lo fue, pero ahora hay muchos factores en juego.

Ser una mujer de 29 años, soltera e independiente (económica y afectivamente) desde el lugar que ocupo se puede tornar complejo; porque vivo rodeada de diversidad. No me gusta aferrarme así que tengo varios grupos de amigos con características particulares, cosa que disfruto, pero también me enfrento al riesgo de no (y nunca) encajar.

Tengo amigas que a sus 27 años van a tener su segundo hijo planeado, tengo amigas de 35 que recién van a buscar su primero, tengo amigas que piensan en la maternidad después de los 30 como un abuelazgo, mi prima (dos años mayor) ya tuvo una nena, mis dos mejores amigas están casi conviviendo con sus novios, ya vi a una amiga de mi edad casarse por iglesia, ya participé en 4 baby showers en menos de 3 años.

Pero también el viernes me crucé con mi primo en Independencia y el Metrobús, a la noche. Me gritó desde un auto que no conducía “Beléeeen” y lo saludé desde lejos, yo caminaba sola. Después me explicó que estaba re loco, que perdón por no parar, yo le dije que ni se preocupe porque venía un tanto borracha y ni me inmuté. Mi primo, 3 meses menor, soltero, que vive solo, que jamás presentó una novia en la familia.

Tengo amigos que tienen relaciones abiertas (noviazgos constituidos que se permiten coger con terceros de manera autónoma), conozco mujeres que se niegan rotundamente a tener hijos y lo hacen explícito, he visto a conocidos llegar a todos los eventos con “una” o “uno” distinto, tengo amigos que conviven y jamás se van a casar.

Mi papá se casó y divorció 2 veces y ya cuenta con 4 parejas formales en su haber; mi tía, su hermana, está casada hace más de 35 años con el hombre con el que perdió su virginidad.

Mi mamá pensó que el ambiente de sobra de mi departamento era un buen lugar para que duerma un hijo; pero por lo pronto tengo una biblioteca, un sillón y la computadora.

Ahora podemos elegir, podemos decidir, se rompieron las barreras formales de la “familia tipo” y las bajadas de línea patriarcales tiemblan. Pero hasta ahí.

La “Susanita” ahora quiere que le digan Susana y tiene un trabajo, pero Susana sigue ocupándose de la mayoría de las tareas domésticas. Y Susana tiene amigas que se desviven porque les digan “Susanita” y llevar ese rótulo en la frente; pero también tiene amigas que se quieren llamar Claudia. Y Susana tiene una familia que le va a decir “Susanita” toda su vida, porque así se crió.

Ahora hay libertad, yo puedo querer no tener un hijo. Pero andá a explicárselo a mi mamá. Y andá a explicárselo a mi abuela. Y andá a explicarle que quiero cambiar pañales a alguien que vive de viajar por el mundo.

“¿Por qué no querés tener un hijo?” es el primo lejano de “¿Para qué querés tener un hijo?”; todas preguntas que se me podrían formular en un día de recorrida por mis afectos.

Mi intención no es entrar en la polémica de las opiniones y cómo influyen en nuestra personalidad, eso va más allá, sino explicar que para mí (oiga, es mi blog) es difícil encontrar un quéquiero entre tanta posibilidad. Qué se yo que quiero, todo, no sé. Y todo se torna más difícil cuando uno tiene tendencias complacientes y los afectos le escalan hasta sus decisiones.

Por eso estoy tratando de buscar en mí qué me hace feliz, qué me resulta genuino, a dónde estoy cómoda. Pero primero no es fácil, y segundo alzar la bandera de eso es incluso más complejo que asumirlo. Pero vamos en camino. En definitiva, soy yo.

Lo bueno es que uno termina haciendo lo que puede. Como este texto, por ejemplo.

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Recopilación IV

(Con links a los tweets).

Sacar conclusiones basándonos en lo que uno supone que el otro piensa es incluso más inútil que creer que uno sabe lo que el otro siente. Porque vamos, “nos amamos” es pasado y presente en simultáneo, y si ni siquiera el mismo verbo supo definirse mirá si nosotros vamos a poder con todo eso.
Reemplazar “mi amor” por un nombre propio se llevó puestas más vidas que el tabaco, los accidentes de tránsito, la mala praxis y el alcohol; pero si manejás las expectativas con cautela y sabés que la reciprocidad no siempre vuelve con lo que das, encariñarse rápido es una gran opción.
Ya sabemos que en el juego caprichoso de quién le habla primero a quién el único que gana es el tiempo perdido; pero a veces obligarte a creer que ya se olvidaron de vos es la mentira mejor paga a la hora de intentar seguir adelante.
Buscarle la explicación racional a un sentimiento para no sufrirlo es útil porque la sensación de alivio a veces te dura hasta dos segundos. Y sí, la profesión más antigua del mundo es hacerse el boludo.
Te forman para creer que la felicidad está en todo lo que no se parece a la vida cotidiana y pretenden que estés conforme con tu realidad; pero trae una calma hermosa aprender a comprender que no es que no le importás a nadie, no le importás a todos. Y que es así, y que está bien. De todos modos, estoy esperando que llegue el amor para preguntarle dónde estuvo, con quién, por qué apareció tan tarde y que se vaya a dormir de la madre. Qué ganas de vivir con una felicidad absurda e inexistente como la que propone Coca-Cola.
Sacando fuerzas de donde no existen uno apenas si puede con su vida. Es muy desgastante tener que lidiar con gente que no quiere quererse. Quiero hacerte plenamente feliz sin tener que caer en esos vicios incoherentes y destructivos como esforzarme o cambiar.
La primera conversación de dos que se gustan debería ser sobre cuál se va a mudar al exterior para evitarse el tedio de vivir un romance. Cada vez que me hablan de un noviazgo de más de 4 años pienso en el medio limón que tengo en la heladera. Y con todos estos pedacitos de corazón que nunca pude volver a encastrar te explico por qué desconfiar es una virtud.

Trata(n)do sobre las siete.

Muy temprano o tarde para todo, alzándose ahí, en el podio de mis odios arbitrarios, en la cima de mis repudios banales, en la cabecera de mis molestias lánguidas: las siete de la tarde. El peor horario que existe en nuestro reloj.

La hora infeliz, el agujero negro del sistema horario, el sánguche de vacío que no es carne, el hijo del medio con problemas de aprendizaje, la nada misma, todas las ausencias amuchadas en 60 minutos humanamente insostenibles.

Ya merendaste pero es muy temprano para cenar, muy temprano para irse a dormir pero demasiado tarde para una siesta, estás viajando o ya llegaste pero todavía no te desconectaste, el día no se te terminó en el cuerpo.

Las siete de la tarde es una hora insípida, desabrida. No tiene forma, no sabe lo que quiere, ni siquiera define su color respecto de las estaciones: en verano hay sol y en invierno es de noche. Podría pasar cualquier cosa excepto algo interesante, nada bueno empieza cuando ella sí. Es una zanja que divide momentos que valen la pena, la Plasticola de lo que sí, el bulto que ves pero te desentendés.

Ni siquiera quisiera adentrarme en las siete de la tarde de los domingos, pero lo voy a hacer: es un descampado angustiante desesperanzador que nadie debería verse en el tedio de transitar. No te mates nunca, nunca, pero bueno, medio que se entiende cuando deberías hacerlo en el caso de que sí.

Odio a las siete de la tarde, suelo acostarme a esperar que pase para arrancar la noche o lo que sea. Nunca nada bueno me sucedió viviéndola. Quizás algún día tenga un hijo, plante un árbol o termine un libro; quizás algún día reciba una buena noticia; quizás todo lo que espero está en un conjuro mágico que se debelará en algún momento en la susodicha.

Sé que no estoy sola, sé que puede variar el número pero no el sentimiento, sé que el daño es diario e inminente como la misma repulsión que genera, sé que mañana me va a volver a encontrar esta sensación de odio profundo. Lo sé. Pero también sé que no puedo hacer nada al respecto, excepto escribir esto, que quizás es algo.

Siete de la tarde, esto es personal. Ampliaremos.