Jugale al 24.

“Las fiestas son una mierda” grita uno desde el fondo, vestido de negro y leyendo un libro de Dostoyevski que no entiende.

“¡Las fiestas son hermosas y están llenas de amor!” grita otra en un costado, mientras en sueños de vitel toné putea porque alguien enrolló mal las lucecitas.

“¿Cuándo es 24?” dice otro que recién se levanta; y le respondo “no sé”, mientras me entero el aparentemente el 26 es viernes y feriado de calendario.

Las fiestas. O más precisamente: LA NAVIDAD, la blanca navidad. La única navidad de siempre, el 24 a la noche y lo mismo el 25 al mediodía. El Papá Noel que no existe, la comida que no combina con el clima, la compra desmedida, la pirotecnia y los perritos, las 12 uvas y sus deseos, la ropa interior rosa, la tía y sus preguntas que no; todo enmarcado en una cuenta regresiva que desemboca en el nacimiento de Jesús, si es que le creíste.

¿Qué tiene de malo la navidad? Nada, o todo, dependiendo de en qué vereda estés comiendo turrón.

La nochebuena resulta un ámbito muy hostil si no te encuentra sentado en una mesa en la cual 30 familiares directos estéticamente atractivos de 4 generaciones distintas alzan una copa y brindan por su felicidad.

La imagen de lo que se supone que deberías estar viviendo es concreta y no hay margen de error: 3 personas con un pan dulce y una Manaos NO ES NAVIDAD. Esperen, Coca Cola me corrige, es navidad… pero triste.

A media que pasa el tiempo te empieza a caer la ficha y se complejiza el asunto; de chico medio que no entendés nada y en la adolescencia me importaba más pensar en cómo estaría viviendo la noche Nick Carter que ver si mi abuela tenía sidra en la copa para brindar. Pero con los años viene la sabiduría, y la sabiduría te pone esencial y simple, sobre todo para los afectos. La cantidad de gente empieza a pesar y cuando la mesa navideña se inclina hacia el lado de “somos pocos” (ya sea por las partidas de defunción en expansión o porque tu mamá se peleó con tu tía hace 8 años por un clericó vencido y no la volviste a ver) todo se tiñe de melancolía y aparece el peor fantasma nocturno: “ya no es lo mismo”.

Y como nadie quiere que nadie que quiere se quede solo, empiezan las invitaciones familiares cruzadas para darle lugar a los extraños; y así es como te enterás que la vieja que te pinchó con los bigotes es la madre del novio de la amiga de tu tía, que ese señor de camisa le vendió un matafuegos a tu papá en 1996, y que ese rubio lindo es el hijo de la novia de tu padrino y quizás en algún momento le tengas que ir a mostrar la terraza.

Pero también están los que prefieren quedarse solos, ya sea por la imposibilidad de traslado en una noche seca de transportes, o porque se lo tomarán como un día intrascendente más perdido entre otros 364.

Creo que más allá de cualquier magia o sorpresa mística, hay que valorar lo que se tiene, ya sea poco o inagotable. No se trata de ser feliz sino de estar en presente, mirando lo que hay alrededor de la mesa y pensando que no es perfecto pero es tuyo, y abrazándote al amor que te dan los que están y todo lo que te dejaron los que se fueron. No tenés que ser feliz sino poner en valor tus suertes, y eso de por sí te hace feliz. Y si no, aprovechar para comer rico y tomar, tratando de no pensar en lo negativo por lo menos unas horas y sabiendo que, si tu presencia le importa alguien que te ama, te quedaste sin excusas para no sonreír.

Muy feliz navidad para todos.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s