Los números de 2014

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2014 de este blog.

Aquí hay un extracto:

La sala de conciertos de la Ópera de Sydney contiene 2.700 personas. Este blog ha sido visto cerca de 15.000 veces en 2014. Si fuera un concierto en el Sydney Opera House, se se necesitarían alrededor de 6 presentaciones con entradas agotadas para que todos lo vean.

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Jugale al 24.

“Las fiestas son una mierda” grita uno desde el fondo, vestido de negro y leyendo un libro de Dostoyevski que no entiende.

“¡Las fiestas son hermosas y están llenas de amor!” grita otra en un costado, mientras en sueños de vitel toné putea porque alguien enrolló mal las lucecitas.

“¿Cuándo es 24?” dice otro que recién se levanta; y le respondo “no sé”, mientras me entero el aparentemente el 26 es viernes y feriado de calendario.

Las fiestas. O más precisamente: LA NAVIDAD, la blanca navidad. La única navidad de siempre, el 24 a la noche y lo mismo el 25 al mediodía. El Papá Noel que no existe, la comida que no combina con el clima, la compra desmedida, la pirotecnia y los perritos, las 12 uvas y sus deseos, la ropa interior rosa, la tía y sus preguntas que no; todo enmarcado en una cuenta regresiva que desemboca en el nacimiento de Jesús, si es que le creíste.

¿Qué tiene de malo la navidad? Nada, o todo, dependiendo de en qué vereda estés comiendo turrón.

La nochebuena resulta un ámbito muy hostil si no te encuentra sentado en una mesa en la cual 30 familiares directos estéticamente atractivos de 4 generaciones distintas alzan una copa y brindan por su felicidad.

La imagen de lo que se supone que deberías estar viviendo es concreta y no hay margen de error: 3 personas con un pan dulce y una Manaos NO ES NAVIDAD. Esperen, Coca Cola me corrige, es navidad… pero triste.

A media que pasa el tiempo te empieza a caer la ficha y se complejiza el asunto; de chico medio que no entendés nada y en la adolescencia me importaba más pensar en cómo estaría viviendo la noche Nick Carter que ver si mi abuela tenía sidra en la copa para brindar. Pero con los años viene la sabiduría, y la sabiduría te pone esencial y simple, sobre todo para los afectos. La cantidad de gente empieza a pesar y cuando la mesa navideña se inclina hacia el lado de “somos pocos” (ya sea por las partidas de defunción en expansión o porque tu mamá se peleó con tu tía hace 8 años por un clericó vencido y no la volviste a ver) todo se tiñe de melancolía y aparece el peor fantasma nocturno: “ya no es lo mismo”.

Y como nadie quiere que nadie que quiere se quede solo, empiezan las invitaciones familiares cruzadas para darle lugar a los extraños; y así es como te enterás que la vieja que te pinchó con los bigotes es la madre del novio de la amiga de tu tía, que ese señor de camisa le vendió un matafuegos a tu papá en 1996, y que ese rubio lindo es el hijo de la novia de tu padrino y quizás en algún momento le tengas que ir a mostrar la terraza.

Pero también están los que prefieren quedarse solos, ya sea por la imposibilidad de traslado en una noche seca de transportes, o porque se lo tomarán como un día intrascendente más perdido entre otros 364.

Creo que más allá de cualquier magia o sorpresa mística, hay que valorar lo que se tiene, ya sea poco o inagotable. No se trata de ser feliz sino de estar en presente, mirando lo que hay alrededor de la mesa y pensando que no es perfecto pero es tuyo, y abrazándote al amor que te dan los que están y todo lo que te dejaron los que se fueron. No tenés que ser feliz sino poner en valor tus suertes, y eso de por sí te hace feliz. Y si no, aprovechar para comer rico y tomar, tratando de no pensar en lo negativo por lo menos unas horas y sabiendo que, si tu presencia le importa alguien que te ama, te quedaste sin excusas para no sonreír.

Muy feliz navidad para todos.

(Te pido mildis) Culpas.

Sabés que proyecté todo un futuro con vos y te lo quería comentar así te es indistinto. Disculpame por interrumpirte mientras me ignorás.

No quisiera sonar apocalíptica pero el hecho de que mi presencia ya no forme parte de tu rutina probablemente no vaya a modificar tu vida. Alguien te lo tenía que decir, lo lamento.

Seguramente vas a pensar que soy una desequilibrada, pero yo dediqué cada segundo desde que te conocí a construir idealizaciones y siento que merezco algún tipo de resarcimiento para todas mis ilusiones que quedaron desamparadas.

No fue una tarea fácil. ¿Sabés lo que implica poder proyectar basándome en la nada que me diste? Tengo que recordar los mismos recuerdos una y otra vez y ya los estoy gastando. La semana tiene siete días, es toda una tarea fraccionar las imágenes que me quedaron de tu sonrisa para tener material fresco que retroalimente mi pesar.

Entiendo que el tiempo que le dedicamos a compartir momentos fue escaso y que en ningún momento demostraste tener intenciones de formalizar nuestro vínculo que a duras penas si se expandía, pero yo lo formalicé mil veces adentro de mi cabeza, no me hubiera molestado materializar alguna. Perdoname por explayarme sobre mis sentimientos mientras no te importa.

Ahora que ya no hablamos más quería que sepas que ya no hablamos más. Digamos, ya lo entendí, voy a seguir adelante, a eso me refería. Me costó entenderlo porque no quería, uno entiende más rápido si quiere.

Lo último que te digo ahora que no me estás escuchando: nunca quise matar lo nuestro. El trencito de errores que cometí tuvo su locomotora el día que me di cuenta que me importabas y que no te quería perder.

Que no haya manera de que puedas llegar a leerme me da la impunidad de contarte lo que no te inmutaría: ¿sabías que te escribo? Perdoname por ponerme tan domingo un miércoles que no te va a modificar.