Valentina.

La encontraron sentada en una silla, muerta. El cuerpo de Valentina yacía inerte en la cocina del departamento en el que vivía sola hacía casi un año, estaba todavía tibio cuando la embolsaron. El panorama era inexplicable: no había absolutamente ningún rastro de sangre, la piel de la joven estaba tan intacta como el departamento (que no había sufrido ningún tipo de violación), no había rastros de violencia, nada daba a entender que hubiera sucedido un crimen la noche anterior a esa mañana fría en el que se tomó el tren del adiós.

Cada encargado de la policía que ingresaba al recinto se conmovía al ver a la jovencita inocente sentada en piyama, con sus pantuflas de Winnie Pooh y con el celular todavía en la mano.

¿Qué había pasado esa noche fatal?

Las pericias, las autopsias, todo lo que se investigaba sobre el caso arrojaba la misma conclusión: nada. No había ninguna razón aparente por la que Valentina debía haber muerto ese día a esa hora: gozaba de una excelente salud, no tenía ningún síntoma que hubiera hecho saber a sus familiares, no se había suicidado (no tenía marcas, no había consumido pastillas ni venenos; el estómago estaba limpio), no había tenido ningún accidente, no había discutido con otra persona, nada. NADA. Estaba simplemente sentada en una silla, y murió. Su corazón dejó de latir.

Lo único que les quedaba a los investigadores era revisarle el celular. Ese celular que tenía en la mano, testigo de su partida. ¿Y qué encontraron? Exacto, nada. Todo era tan normal como se suponía que debía ser: fotos con las amigas, conversaciones banales en grupos, música de viaje colectivo, etc.

La última conversación que figuraba en su lista la había iniciado ella la misma mañana de su muerte, aproximadamente 15 horas antes de perecer. Estaba dirigida a un tal “Nico” y decía simplemente:

“Hola Nico!

Cómo estás? 🙂

Cómo van tus cosas?”

Y no había tenido respuesta.

Cuando les consultaron a sus mejores amigas quién era este tal “Nico” la respuesta fue similar: Nicolás era un chico al que Valentina había conocido una noche en un bar y con quién había salido algunos meses sin iniciar una relación formal. Ella lo quería pero él no estaba a la altura de sus sentimientos, y sin dar muchas explicaciones para el caso, había comenzado a ignorarla. Todas coincidían en que ella tenía expectativas de volver a verlo pero él no mostraba interés, y eso la entristecía.

Los investigadores revisaron las horas de sus últimas conexiones y constataron que, cuando le quitaron el celular de sus dedos inmóviles, en la pantalla estaba abierta la conversación unilateral con Nicolás.

La realidad chorreaba una conclusión clara que ninguno se atrevía a decretar, por estúpida y por increíble, porque nadie en esta tierra podría considerarla como válida. Pero incluso arriesgando su reputación se vieron obligados a poner en palabras lo que alguien “normal” no podría creer: Valentina había muerto de esperar que le responda el chico que le gustaba. Sí, eso. Miraba el celular de la pantalla, y se murió. Se le fueron los 21 gramos esperando la respuesta a un cómo estás.

Para que el drama no escale y a ninguna jovencita se le ocurra querer demasiado, el caso se cajoneó en la dependencia policial y cualquier involucrado tenía la obligación de referirse a Valentina como un “mito urbano”. La familia fue indemnizada y se le proveyó una vivienda digna en Tucson.

Yo me enteré por Nicolás, que es compañero de facultad. Me dijo que pensaba responderle al otro día porque justo en ese momento estaba estudiando para un final importantísimo que rendía a la noche y no quería desconcentrarse. Al final le terminó yendo a bien. A él, obviamente.

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