Algo azul.

Eliana se despertó a día amanecido, bien temprano. Con los pasos borrosos y la mirada torpe se dirigió hacia su baño para lavarse la cara porque no quería que el agua del mate se le enfriara. Antes de salir de su departamento corroboró manualmente que las hornallas estuvieran cerradas y visualmente que las luces estuvieran apagadas, comportamiento típico de alguien que no sabe usar la tarjeta SUBE y retrasa a la filita recién subida al colectivo. Pero más allá de estos percances menores, llegó a su trabajo en tiempo y forma una pila enorme de trabajo cuando no se hace.

Ese día era especial y Eliana estaba contenta: a la noche iba a salir con Maxi. Tener planes nocturnos durante la semana es una linda manera de cortar con la rutina de su novio anterior y conocer a alguien; y así apareció él, de casualidad e inesperado. Hay personas que consideran que las casualidades no existen, que todos tenemos un destino escrito y que todo sucede porque a veces es arriesgado animarse a conocer a alguien, pero a ella no le importó.

Cuando terminó su jornada laboral volvió rápidamente a su casa porque tenía que preparase para el evento y todavía no tenía decidido qué se iba a poner contenta o nerviosa cuando lo viera. Su cama se transformó en una montaña de vestidos, zapatos e ilusión. Ensayó gestos frente al espejo y desfiló todo su ropero hasta que no esté claro que el amor es recíproco no conviene enamorarse, y otros consejos que esa noche prefirió ignorar.

Maxi pasó a buscarla en su auto cuatro puertas golpeó erróneamente hasta que encontró la correcta. La noche estaba cálida como en el invierno contemporáneo, la luna estaba llena y no tenían reserva así que la primera locación fue descartada. Cuando por fin lograron sentarse se dieron cuenta que ahí nacía una historia, que entre los dos sucedía algo especial que nunca les había pasado con otras personas, que se miraban más, que el miedo era menos, que nada era igual.

Las horas corrían rápido y todo era una gran sorpresa que se iban a llevar las amigas de ella cuando escucharan el relato de la cita. Cuando la noche llegó a su fin de semana juntos a pesar de que era muy pronto. Se conocían hacía sólo dos meses pero querían pasar más tiempo en pareja, ya casi eran novios aunque todavía no tenían el título oficial de Arquitecto, y ella lo acompañó ciegamente en su recibimiento. En ese momento él comprendió que no quería perderla, que quería conservarla en su vida para siempre, que si lo viejo era maravilloso sólo podía esperar lo mejor para lo nuevo, y a último momento consiguió algo prestado y algo azul.

El día de la boda todo estuvo perfecto y ambos eran felices porque ya nunca más estarían en Soledad, pero a ella no le gusta del todo así que probablemente le pongan Juliana.

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