Y entonces nació.

Y entonces nació, inesperado y sorpresivo. Ninguno de los dos involucrados en su creación entendía cómo se había gestado, ni tampoco por qué ya que no lo habían buscado, pero ahí comenzaba a latir: era nuevo, era pequeño y estaba destinado a crecer durante años.

Al principio trataron de ignorarlo porque bajo ningún punto de vista estaban preparados para recibirlo, con los costos que conlleva hacerse cargo de su mantención. Pero ante lo inevitable de la situación y enfrentándose a la realidad de que no tenían otra alternativa que nos les pesara en sus conciencias, lo abrazaron con la intención de cuidarlo.

Los primeros tiempos fueron muy complicados. El pequeño hacía lo que quería y ellos corrían detrás de sus vicios y caprichos. No sabían cuidarlo y temían cometer errores, no querían que se lastime pero tampoco limitarle su accionar y así su desarrollo, tenían miedo e incertidumbre.

Con el paso de los años comenzaron a domarlo, a entenderlo, pero nunca pudieron ponerle los límites necesarios. Siempre estuvieron bajo su mandato, implícito o explícito; siempre logró doblegarlos. Pero también supo llenarlos de alegría, de fascinación, gracias a él se permitieron hacer y decir cosas que nunca hubieran imaginado. Los mantenía entretenidos y felices, los unía en un vínculo.

De a poco los dos protagonistas comenzaron a comprender que el destino les había traído un regalo maravilloso y que habían sido bendecidos, más allá de no haberlo buscado, porque en realidad nunca hubieran estado realmente preparados.

Por eso se preocuparon tanto cuando enfermó.

Comenzó a demostrar síntomas casi imperceptibles que a la larga se fueron complicando hasta hacerse notorios y severos. Las fallas primarias fueron insignificantes en comparación con lo que terminó sucediendo: un desastre sistemático que terminó involucrándolos tanto en cuerpo como en alma. Fueron noches enteras de una agonía incesante que los desgastó al punto de dejarlos sin lágrimas. Estaban desesperados viendo que la situación se les iba de las manos y no podían hacer nada al respecto. Les pesaba en cada fibra del cuerpo y sin embargo ahí estaban, tan inútiles como concientes de esto. Era inevitable: iba a morir.

Y así fue. De la misma forma en la que un día nació, un día murió.

Se murió.

Así murió él, el amor.

Así se les murió el amor.

 

Ahora cada uno continúa con su vida por separado, sabiendo que tienen un cuerpo preparado para poder gestar otros amores, infinitos amores; sabiendo que lo que vivieron fue maravilloso y nunca lo olvidarán; sabiendo que la capacidad de amar es un recurso renovable; sabiendo que por momentos y en situaciones difíciles se puede perder, pero por sus propios medios encuentra su camino de regreso.

Sabiendo que la capacidad de amar nace, crece, se desarrolla y muere. Y siempre, siempre está, y siempre vuelve.

 

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2 comentarios en “Y entonces nació.

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