Coulda, Woulda, Shoulda.

Coulda, Woulda, Shoulda.

Could have, would have, should have.

Podría, tendría, debería.

Podríamos extendernos y hacer un recuento de verbos en modo condicional, pero podríamos, lo que no quiere decir que lo hayamos hecho, lo que no quiere decir que vayamos a hacerlo. Podríamos. Una pretensión, una hipótesis.

Los verbos son acciones. Los verbos en modo condicional son acciones posibles, posibilidades.

Cuántas pretensiones murieron como verbos en modo condicional por no materializarlas.

Cuántas decisiones amorosas se enterraron en el arrepentimiento y en el olvido por nuestra incapacidad de correrlas de columna hasta hacerlas alcanzar un futuro perfecto.

Lamentablemente la vida no es tan simple. Ya sé, estoy parafraseando a cualquier psicólogo de bajo presupuesto que se está terminando un sánduche de obviedad. Me refiero a que en el día a día, en el tiempo real, en el aquí y ahora las cosas no se parecen a la imagen mental llena de luces de colores que les construimos influidos por la expectativa.

Ensayás frente al espejo un “te amo” que te sale con moño gordito, y cuando tenés a la persona en frente con mucha suerte le contás una anécdota intrascendente sin escupir mientras hablás.

Pero todo lo que muere como un verbo condicional adentro de nuestra cabeza, eso. Muere. Muere sin crecer, muere sin gestarse, pero no muere como algo vacío, muere peor, muere como posibilidad. Nadie mataría una posibilidad concientemente, a veces se te escapan de las manos.

Lo cierto es que todo lo que no pudiste decir o hacer se te acumula en una mochila imaginaria que te empieza a pesar en la espalda. ¿Nunca viste a una señora muy mayor absolutamente doblada hacia adelante? Exacto, no tiene nada que ver. Será un problema de espalda o algo. ¿Nunca viste a alguien cuya mirada ya no brilla? Va más o menos por ahí.

Uno hace lo que puede. Sí, es psicólogo eructó el sánduche. Pero yo te voy a explicar por qué tenés que abrazarte a este concepto, que va mucho más allá de vos:

Los verbos en modo condicional se mensuran según su peso respecto de la influencia que tienen sobre las personas gramaticales y alcanzan su pico máximo en la tercera persona del singular. En él, o en ella.

Qué hubiera pasado si ella me decía que me amaba, que sería de mí si él me hubiera elegido, qué hubiera sido de nosotros si él no hubiera tenido miedo, cómo estaría ahora si ella no me hubiera dejado.

Adentrarse en el terreno de los condicionales ajenos es una bala que te forma un Ta Te Ti perfecto entre el corazón, el estómago y el apéndice.

Lamentablemente uno no puede angustiarse por lo que el otro no puede hacer. Eso te llena de resentimiento, de rencor, no te sirve para vivir. No evolucionás, te estancás en este tiempo-nebulosa de hipótesis que puede extenderse mucho más de lo que debería (va a extenderse mucho más que lo que debería).

Hay que aprender a aceptar las limitaciones del otro y entender que si no pudo, no supo o no quiso; eso es lo que es, y está bien.

Y es una mierda, pero es lo que es, y está bien.

Demandar algo que el otro no puede dar (aunque te conste que existe) es forzar; y cualquier cosa forzada se ve y se siente fea, rara, es un despropósito, no es natural.

Tampoco se puede vivir a la espera de que el tiempo verbal comience a mutar para hacerse factible por obra y gracia del Señor, sobre todo si el otro no demuestra voluntad.

Y siempre hay que atenerse a las consecuencias de lo que se pierde a la hora de no trasladar al plano material todos los quizaces que nos revolotean por la cabeza.

 

Coulda, Woulda, Shoulda.

Podría, tendría, debería.

 

Podría seguir escribiendo, tendría que terminar e irme a dormir, debería haberme dicho lo que realmente sentía por mí. Uh, la cagué.

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El primer despertar.

Me desperté teniendo que no tenerte.

El primer despertar del primer día del ya no hay nada más. Todo se terminó y así es como me despierto: intentándolo. Y con los ojos vidriosos y una sonrisa invertida me propongo rescatarme del infierno de la presencia de la ausencia para tratar de transcender el dolor y seguir adelante, rota, pero con el pegamento en puerta. Y entonces abro la ventana con la esperanza de que el sol me llene de energía: y llueve. Llueve. Como si el clima supiera. El día está gris, y llueve.

Salgo de mi casa cubriéndome de las gotas, en vano, porque mis lágrimas hacen que llueva más abajo del paraguas. Y llego a la parada. Y el colectivo no para. Y cuando por fin logro subirme al segundo, me acomodo en un asiento doble. Alguien sube, se sienta al lado mío, y apenas tiene la oportunidad se cambia a uno simple.

Llego a mi trabajo y mi escritorio es una pirámide de papeles más imposible que las egipcias. Y los llamados y los pedidos; y tener que hablar cuando tenés un ladrillo atravesado en la garganta de la angustia, que con mucha suerte te está permitiendo respirar.

Ninguna parte de la rutina colabora para hacer el día meramente llevadero, ni llevadero, ni transitable, ni vivible, ni recomendable.

Y salgo, y sigue lloviendo. Voy a la parada de colectivo y veo que la cola se extiende media cuadra. Espero 40 minutos para poder subir, para viajar parada, para tardar el doble. Trato de hablar con alguien pero es imposible porque mi celular no tiene señal, trato de escuchar música pero el ruido citadino es tan ensordecedor que no me deja distinguir los tonos en la bola uniforme de sonido que es vivir cuando estás triste. Entonces llego a mi manzana para detectar que además debo atravesar una inundación si en algún momento quiero entrar en mi hogar.

Y cuando por fin llego, empapada, me doy cuenta que el día va a seguir sucediendo más allá de mí. Que al mundo no le importa si yo estoy triste, que nada va a ser más fácil para mí. Y me siento sola, y vacía. Me ducho y me voy a dormir.

 

Me desperté teniendo que no tenerte.

El segundo despertar del segundo día del ya no hay nada más. No es mejor, tampoco es peor. Es igual. O sea: es peor. Pero hoy hay sol. Porque hoy sí, hoy salió. Y voy a la parada de colectivo, y el colectivo llega, y cuando subo me encuentro con una conocida a la que quiero y que no veía hace mucho. 

Llego al trabajo y la pila de papeles se duplicó, hay una replica exacta al lado, pero de medialunas. Alguien cumple años y alguien fue a la panadería y alguien va a comer. Ese último alguien soy yo.

Y a la vuelta me hablan mis amigas para invitarme a una fiesta el fin se semana, y alguien me pasa un video gracioso, y alguien graba un audio y me hace reír.

Y cuando llego a mi casa, me doy cuenta que si bien el día fue todo lo esperable, estoy triste igual. Que el contexto puede empeorar o facilitar la cotidianidad, pero el sentimiento de dolor profundo vive adentro y ese no se modifica por los fenómenos atmosféricos o el contexto social. Que se puede ser feliz entre la hostilidad, y se puede estar rodeado de fiesta divertida, y estar callado y pensando. 

Pero también me doy cuenta que hay algo inevitable que sí se modificó: el tiempo. Que hoy no es el ayer de lluvia pero tampoco se parecerá al mañana incierto. Que ya pasaron 2 días, y seguirán pasando, como desafíos, como pruebas. Y que si bien por el momento nada es fácil, ya lo va a ser. Y que no tiene que ver con el acostumbramiento, sino con la distancia, con la distancia necesaria para alejarse del fuego de lo triste y empezar a construir los cimientos que se tranformarán en trampolines de los que saltaré hacia mi futuro.

 

Pasó el tiempo.

Me desperté teniendo que no tenerte.

El primer despertar del primer día del tengo una vida llena de oportunidades por delante. Cuando vuelva les cuento.

 

 

(Dedicado a todos los que así lo quieran, y para P.Q.)