Yo vivo conmigo.

Hace poquitos días escribí en Twitter:

“Mi emancipación devaluó muchos rituales cotidianos. Ahora llamo “cena” a la acción de ingerir alimento, en el mejor de los casos, sentada.”

Y no me retracto. En absoluto.

Hace 6 meses y monedas (8, para ser exactos) me emancipé, me fui a vivir sola. Uno creería que después de medio año ya estaría en un lugar más o menos cercano a la superación del desarraigo. Reiré de lo que escribí: ja ja ja. Podría redactar una tesis sobre lo difícil que es y lo mucho que me está costando.

Igual un embole que la hija única consentida de mamá que odia cocinar y tiene complejo de limpieza nivel Mónica Geller nos cuente lo muchito que sufre. Vamos a los bifes.

Vivir solo es la libertad absoluta. Las opciones son infinitas: podrías desde cantar y bailar una chacarera en ropa interior y botas texanas abajo de la ducha usando una espátula de micrófono, hasta sentarte por horas a mirar una pared haciendo nada. O abrir un blog. A nadie le importa, nadie está para juzgarte, el parámetro de lo correcto vive bajo tu juicio exclusivo. Eso es bueno. Eso es malo.

El que más daño sufre es el sistema horario. Si no existe una obligación externa que involucre la necesidad de que cumplas un horario específico (llámese: trabajo) el reloj es un cuadro 3D. He desayunado a las dos de la tarde, almorzado a las 5 y cenado a la una de la mañana. Bueno, básicamente acabo de describir cualquiera de mis domingos. El tiempo pasa y no te inquieta porque lo va comandando tu necesidad puntual del momento. Hambre, sueño, pis, la que sea.

Conciliar una cena es un IN-FIER-NO. Por lo menos en mi caso. En este momento estoy cenando, por ejemplo (léase: comiendo una tarta que ya está fría en los intervalos en los que releo). Pero estoy contenta porque por lo menos estoy sentada. Y es una comida, no un picoteo random directo de la mesada de lo que haya.

Un día me quise poner un vestido que tiene un cierre en la espalda. Volveré a reír de lo que escribí: ja ja ja. Pobre yo, muy pobre de yo. Pensé en llegar a la fiesta y solicitar que alguien en la puerta me ayudara a subirlo, pero por suerte pude solucionarlo antes. Nunca pensé que mi indumentaria también se vería afectada.

Las noches son tuyas, enteras; y lo que pase lo contarás como anécdota al otro día en el trabajo o por WA a tus amigos mientras desayunás. El estado de ánimo lo tenés que cuidar como si fuera agua en el 2087 (vieron que no va a haber más) porque así como entraste, vos solo y por tus propios medios vas a tener que poder salir. No te podés dar el lujo de tener miedos de ningún tipo, y cada día es un nuevo desafío que te encuentra solo. Pero con una mochila repleta de herramientas, que no pesan.

Lo importante es saber que vivís solo pero no estás solo, que de hecho estás a años luz de estar solo; y que esta soledad habitacional es momentánea porque si tu deseo es algún día convivir con alguien, se va a dar. Porque así lo querés y así sucederá. Y mientras tanto tenés que saber aprovechar las infinitas posibilidades de la soledad, que no es una mala palabra. Amén.

Seguiría pero me esperan una ducha y unas botas texanas. Que tengan muy buenas noches.

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2 comentarios en “Yo vivo conmigo.

  1. A pesar de que no estoy emancipada (leáse: me siguen manteniendo mis papás), vivo sola desde febrero del 2009. Para mí fue una experiencia liberadora en todo sentido. Siempre disfruté estar sola y el silencio, dos cosas que no abundaron durante los dos años en que conviví con una amiga. Sí es cierto lo que comentás de los horarios y de las comidas (hace cinco años que almuerzo y ceno -si almuerzo y/o ceno- en el escritorio, enfrente de la computadora). En mi caso, también puedo decir que he adquirido algunas mañas que son difíciles de dejar de lado cuando me toca convivir con alguien por unos días, y es que uno se acostumbra a no tener que debatir, conciliar ni ceder nunca: las cosas son como uno quiere y listo.
    Por supuesto que depende de la personalidad de cada uno, pero creo que es una linda experiencia. A mí me encanta, y por ahora no lo cambiaría por nada. Lo único malo es que no tengo quién me mate las cucarachas mientras grito como una loca arriba de mi cama.

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