Ruptura Artesanal

Tomo un sorbo largo, la cerveza se inclina lo suficiente como para liberar gran parte del fondo y te miro a través del vidrio grueso. Estás borroso, empatizando de forma involuntaria con mis pensamientos. Apoyo la pinta de boca ancha sobre la mesa de madera y tomo una papa rústica, la mastico rápido, me acerco la hamburguesa completa con ambas manos y la hundo contra mi paladar. El menú que elegí es similar al tuyo y poco indicado para la ocasión, pero pasamos por esto ya tantas veces que da lo mismo un licuado, un café o una tira de asado. Más tarde voy a tener una pelota en el estómago, me consta, pero eso ahora poco importa.

“¿Y? ¿Qué hacemos?” te escucho decir con la boca llena y sin expectativas. Ya intentamos seguir juntos y estar solos, nada funciona. Te miro y sigo comiendo. Entra al bar una parejita que se está abrazando, quizá nosotros en otro momento. El sonido ambiente es tan significativo que logra entorpecer nuestros silencios incómodos. Esperás una respuesta que no puedo darte, que no sé darte, que no quiero darte.

“Hicimos todo lo que pudimos” esbozo con la voz quebrada. Debería tener el estómago cerrado pero no puedo mentirte, Augusto. Tengo hambre y la hamburguesa tiene queso fundido, tomates secos y cebolla caramelizada. Las papas parecen botes y huelen a romero. La cerveza artesanal está helada y ligera. Tampoco es nuestra primera vez bocetando una separación, y vamos, vos también estás comiendo. Fue triste las dos primeras veces, ahora mezcla desesperanza y resignación.

Entra otra pareja, entre feliz y desgastada, como todas. En una mesa en diagonal hay un grupo de varones. Uno me mira fijo, como apurando el desenlace sin perdices. La moza anuncia que se está por terminar el 2×1, que hay que aprovechar; como si nuestra voluntad estuviera atada a la economía y necesitáramos obligarnos a consumir solo porque es gratis. Te pedís otra cerveza, solo porque es gratis.

Me das la razón y suena una campana que indica que finalizó el happy hour, una metáfora que ni ensayada hubiera calzado tan justa. Para la noche, es temprano. Para nosotros, demasiado tarde. Sin embargo, en el colegio nos costaba conjugar verbos y ahora nos sigue resultando difícil pasar de presente a pasado. El problema, creo yo, es que existen muchas formas en pretérito y nosotros acabamos de llegar al más inmediato. No te lo digo, pequeño lujo que me brinda que no puedas escuchar mis pensamientos. Sigo comiendo. La situación tiene la hostilidad de la angustia sin lágrimas.

Le doy el último bocado a lo que queda de pan y no puedo creer haber terminado, en todos los sentidos. Te miro, vas por la mitad del plato. No debería comer tan rápido, ni tanto, ni tan mal. Tengo el estómago lleno, no cerrado, ostentación burguesa. Desabrocho el primer botón de mi jean y me lamento por no poder darte una ruptura más poética. Empezás a comer lento como cuando lo que se tiene ya no se quiere y me siento culpable por haber devorado la comida con tantas ansias. Todo esto me duele y ahora en la panza.

Apuramos la bajada de telón, pedimos la cuenta y pagamos a medias. Chau, Augusto. Me tomo un taxi hasta mi departamento. Me recuesto mareada sobre la almohada y con la sensación de tener comida en el cerebro. Al rato, me quedo dormida, como hibernando.

Me despierto siete horas después, con la misma ropa de la noche anterior. Salgo corriendo para el trabajo porque se me hizo tarde. Cuando llego, una compañera apoya una torta de chocolate sobre su escritorio. Es su cumpleaños. Me ofrece una porción, la acepto y termino completa. Almuerzo. Tomo la merienda. Para la noche, me llega un mensaje: “mañana paso a buscar mis cosas”. Ensayo una cena con lo poco que tengo en la heladera, me las ingenio para hacer una tortilla. Me siento frente al plato, mastico un bocado y me cuesta tragarlo. No tengo apetito. Como si tuviera un metabolismo emocional lento, por fin, recién ahí, es oficial: se me cerró el estómago.

La calor.

El calor de la noche me azota cada poro de la piel mientras se me derrite la cara en el escote del vestido. El champán está tan seco como el pan dulce que yace bajo el ventilador y la copa transpira, imitándome. Faltan tres minutos para que el año cambie la piel y nosotros festejemos que lo mismo ahora tiene otro dígito. Como la combinación de una valija cerrada que, aunque se prueben distintas alternativas, ninguna es la correcta. Nada es esperanzador en este panorama y mi conciencia lo sabe. Me seco el bozo con el dedo índice de la mano derecha y miro el reloj.

Ella también tiene calor. Su copa está vacía pero Mariano advierte la falta y la llena de sidra, Teresa lo mira y le agradece, se dan un beso.

Entre mi abuelo que grita porque alguien le robó su pedazo de turrón y mi tío que ya está demasiado borracho pero necesita opinar en todas las conversaciones, llegan las doce. Así se inicia el 2017, la Stacy Malibú con otro sombrerito.

Brindo con una sonrisa falsa que me hace doler los pómulos y corro hacia la heladera para buscar nada, solo quiero que el fresco artificial me pegue una patada que me recuerde que estoy viva, por lo menos por un instante. El único ventilador de pie revuelve el aire caliente como si fuera una sopa, las veinte personas que me rodean celebran el cambio obviando que el calendario no es otra cosa que un Sudoku en números romanos.

No alcanza el aire para todos y sin embargo mi atención se concentra en una única persona: Teresa. “Pero qué linda”, “qué delicada”, “qué simpática”, “qué servicial”, “qué todo lo que está bien que es Teresa”. Las conversaciones en la cocina la tienen como protagonista y se interrumpen solo cuando entra a buscarle un plato a mi abuela o una cerveza a mi papá. La novia de mi primo Mariano es la estrella de la noche, la novedad, la que finalmente logró enganchar al supuesto soltero vitalicio que jamás había presentado una mujer.

Ella sonríe como si fuera inmune al calor agobiante y escucha cada anécdota familiar con entusiasmo. No se le pega la ropa al cuerpo, no le gotea la transpiración por las cejas, no huele a treinta y cinco grados de sensación térmica. Él la sigue con el cuerpo y con la mirada, la busca, la hace sentir cómoda e incluida. Lo que se ve es el resultado de lo que sienten: están genuinamente felices.

Me ofrecen doce pasas de uva para que pida mis deseos, como cinco de golpe y el resto las dejo en la mesita del televisor. Agarro el celular y todos escriben en distintos grupos pero nadie a mí en particular, entonces lo dejo para no seguir dándole puñaladas a mi autoestima. Voy al baño. Me siento en el inodoro con la tapa cerrada y me cubro la cara con ambas manos.

Desprevenida y vulnerable es el estado preferido de los recuerdos a la hora de atacarte, y así es como un pestañeo me basta para retroceder un año y ver la secuencia con claridad: Mariano me aprieta la cola con ambas manos y me coge contra la pared de la canilla, al tiempo que grito en silencio contra su hombro y le pido que acabe afuera. Es rápido, yo más. El zócalo queda manchado de semen, salgo a escondidas y él se ducha para disimular. Más tarde explicaría que tenía calor. Un recuerdo, solo un recorte de lo que habían sido nuestras decenas de encuentros prohibidos antes de que el amor por otra lo hiciera recular.
Vuelvo a la mesa festiva, angustiada. Teresa se acerca con la intención de conversar. Es entendible, junto con mi primo, somos los únicos que compartimos una edad similar. “Mariano me contó que actuás, ¿cómo va eso?” me pregunta. Le explico que voy a buscar una bebida y vuelvo para charlar, pero salgo a la vereda y empiezo a tirar cohetes con mis primitos. Me quedo un rato ahí, el humo y el ruido son grandes placebos para un corazón que bombea tristeza.

A la una de la mañana ya estoy lista para irme, sensación que vengo gestando desde que llegué. Tengo que esperar que a mi papá se le pase un poco el pedo, por lo que voy a estar retenida en la casa de mis abuelos hasta las tres y media de la mañana, en el mejor de los casos. “La actuación va mal, no tengo trabajo. ¿Algo más me querés preguntar, infeliz?” fue la respuesta que le negué con el orgullo del que fracasa pero puede omitirlo.

Avanza la hora, la temperatura, la vida. Quedamos pocos y Teresa descuelga su cartera que cuesta más que la silla que la sostiene y que todos los muebles de la casa. Anticipando su partida, me escondo en el lavadero. No hubiera podido tolerar la humillación de darle un beso y que el pelo no se le pegue a la nuca. Me siento sobre la mesada con la luz apagada para descubrir que ahí, en el fondo de la casa y bajo las paredes repletas de humedad, el lugar está fresco. Con la luna como único testigo, me quedo dormida.

A las cuatro de la mañana me despiertan los gritos de mi mamá. “¡Acá estás!” es lo primero que escucho, seguido por una catarata de insultos. “Todo el barrio está buscándote” agrega. Ya había hipótesis sobre mi desaparición y el vecino de enfrente juraba haberme visto entrar a una camioneta blanca y desaparecer.

“¡¿A dónde estabas?!” pregunta mi abuela apenas me ve llegar. “Durmiendo en el lavadero, estaba fresquito” respondo. Me mira con ternura y me sirve un vaso de una sidra que se habían olvidado en el congelador, la única bebida fría que tomé en toda la noche. La tormenta eléctrica pronosticada brilla por su ausencia y el calor se apodera de cualquier acción física. “Agarrá todo que nos vamos” grita mi papá, todavía borracho y enojado por mi extravío. Subo al auto con el orgullo de haber llegado a la recta final de una noche que se presentaba como imposible. Agarro el celular, me saco una foto y se las mando a mis amigas. “Estás liquidada” comenta Valeria. “Sí” respondo. “Pero todavía de pie”.

Mimí Lunalí.

Mimí Lunalí fue el nombre artístico que adoptó Sara García, una rubia de curvas exuberantes insatisfecha con el título de su identidad. La musicalidad de Mimí conjugada con la rima que proponía Lunalí la cautivó por completo.

Su carrera hacia la fama se inició en los primeros setenta, cuando apenas declaraba veinte años, y aún no mentía. Con su altura privilegiada y las facciones más pictóricas que conoció Lanús Oeste en toda su historia, se dispuso a ser famosa gracias a una conjugación de belleza natural y talento pretendido. No fue fácil: la realidad no colaboró.

Para los años ochenta había conseguido algunos logros modestos; como desfiles de marcas por catálogo, producciones de fotos para revistas de tejido o costura y bolos intrascendentes en programas de televisión de rápida cancelación. El destino que muchos le auguraban (sobre todo, ella misma) no se materializaba en la vida de una Mimí perseverante: ella sería una estrella.

Lo que sabía es que nada se consigue sin insistencia. Lo que ignoraba es que los productores la consideraban una modelo pésima y una actriz todavía peor. No tenía gracia, fluidez ni brillo. Su belleza lograba llamar la atención de cualquiera, pero le bastaba con caminar por una pasarela o recitar un diálogo para ver que su hermosura perdía la pulseada contra la simpatía de una rival menos atractiva. Eso sí: era tosca pero determinada. Su nombre figuraba en las listas de cada audición, a pesar de que su suerte siempre se perdía por el carril sinuoso.

1993 la encontró cumpliendo cuarenta años, casada, con dos hijos, las mismas aspiraciones y algún que otro mérito. Había conseguido posar para una campaña fotográfica de la marca Ángelo Paolo: la mostraban con una campera de jean que apenas cubría sus pechos. No aparentaba la edad que tenía y las cremas importadas del uno a uno, el ejercicio físico diario, el cuidado capilar constante y alguna cirugía estética que negaba la mantenían dentro del plantel de las lindas. Aun así, no lograba dar el salto hacia la fama.

Un día frío de mayo, contra cualquier pronóstico, escuchó por fin un: “Sí, quedaste”. Y se embarcó en una experiencia que la colmó de felicidad. Su trabajo no exigió complicaciones: Arturo Puig entró al bar consternado por una pelea previa con María y se sentó en la barra. Ella, detrás de la barra y con la remera más escotada del mercado, agitó una coctelera lo suficientemente fuerte como para que se le movieran los pechos y le preguntó: “¿Qué te sirvo, lindo?”, a lo que Arturo respondió: “un whisky doble”. Y se miraron por unos instantes. Luego, él se fue a sentar a una mesa, solo. Esa fue la escena.

Ese capítulo de “¡Grande, Pa!”, grabado en VHS, fue el más visto del barrio. Cuando terminó, el teléfono de línea de Mimí sonó durante horas. Todos sus familiares, amigos y vecinos querían felicitar a la nueva estrella de la televisión argentina. El día posterior no había quién no la saludara por la calle o le pronosticara el mejor futuro. El segundo día, ya nadie recordaba el episodio. La puerta que esperó que se abriera luego de esa oportunidad permaneció cerrada: en las audiciones no conseguía aceptación y la experiencia que ya era edad comenzaba a destacarse en el mal sentido entre las caras jóvenes. Más temprano que tarde, dejó de intentarlo. La telenovela con su nombre no estaba en los planes de nadie más que ella.

De a poco comenzó a descuidarse. Engordó, dejó de hacer ejercicio y no luchó contra el paso de un tiempo que la llenó de arrugas, flacidez, canas y resignación. Para cuando comenzó el segundo milenio, Mimí era más Sara que nunca: una ama de casa en batón, esperando un nieto. Su nueva realidad la llevó a mudarse a otro barrio.

Una tarde como cualquiera, mientras hacía las compras la increpó un desconocido:

“¡Eh! ¡Vos sos la del poster! Me acuerdo, hace muchos años trabajaba en un taller mecánico y teníamos la foto de tus tetas, eh… de la campera, que estabas toda mojada. Con los muchachos estábamos locos, locos. ¿Me puedo sacar una foto con vos? Se la mando al grupo y se mueren.”

La Mimí resurrecta aceptó pero se odió por tener las raíces del pelo crecidas, una remera de algodón manchada, las uñas sin el esmalte rojo perlado y ni una gota de maquillaje.

A partir de ese momento se puso a dieta, empezó a caminar alrededor del parque, se compró ropa nueva y no dejó que la luz del día o la oscuridad de la noche la encontraran sin su labial carmín. La llama interna se reavivó gracias a esa casualidad. Así es como recordó que era una abuela, pero también la actriz que le había servido un whisky a Arturo Puig en un bar ante millones de ojos.

Cerrado por duelo.

“Cerrado por duelo.” El mensaje del cartel pegado en la puerta era tan claro como la letra o el blanco del papel. Leí varias veces lo que ya sabía, sorprendida o decepcionada, con la esperanza inútil de que una resurrección repentina me evitara el tener que volver. Con el egoísmo que me corresponde por cargar con treinta años de hija única, maldecí lo que me estaba sucediendo. Sí, a mí, que estaba entre los vivos todavía.

Me alejé refunfuñando. Volvería cuando la suerte fuera más contemplativa para todos los frentes.

A los pocos días, reincidí. Ningún cartel anunciaba una tragedia y eso no eran malas noticias: teniendo en cuenta el pasado y el contexto, hasta podrían ser buenas. Subí rebalsando de incertidumbre la escalera de mármol y me choqué con la recepción. Mi decisión era clara: no iba a indagar. No me competía.

“Hola, ¿qué tal? ¿Está Estela?”, pregunté, y se me heló la sangre.

“Está de vacaciones” respondió la cobradora morocha con ese nombre que jamás retuve. El dato me regalaba una dualidad engañosa: Estela seguía existiendo pero no sería la encargada de atenderme.

“Ehm…, ¿y Patricia?”, presioné. Cada interrogante comenzaba a asemejarse al juego Quién es quién, pero de la muerte.

“Sí, pasá por el uno”, me sentenció.

Dos más, dos menos. No iba a investigar. No me correspondía. Ni siquiera había ensayado un argumento que me llevara a la respuesta por la puerta de atrás.

Me desvestí y, sin pudor ni bombacha, me acosté sobre la camilla fría mirando hacia el techo manchado de humedad. Alcancé suspirar dos veces para cuando Patricia, armada con el emblema de los hábitos innecesarios, apoyó el tarro de cera depilatoria negra sobre una mesa con rueditas y me preguntó qué me quería hacer. El panorama nunca es alentador cuando la genética no te tiró un centro ni en lo que refiere al vello: pierna entera, pelvis completa, tira de cola y glúteos eran el combo no tan feliz. Media hora por delante, como mínimo y en el mejor de los casos.

Comenzó su trabajo y yo el mío: arrancar y sufrir, respectivamente. No suelo hablar con la gente que me brinda un servicio, por lo que mantuve la mente tan cerrada como la boca, domando a la curiosidad con reflexiones banales. La conversación la sacó ella, quizás para hacerme el rato tolerable o, más probablemente, porque se aburría. El clima, el evento social del mes, por qué te afeitaste con maquinita; entre otros lugares recurrentes. Venía esquivando el tabú con una cintura envidiable hasta que se puso a brillar por su ausencia.

“¿Te enteraste de lo que pasó?”, preguntó.

Cómo explicarle que sí pero que no, y que no quería saber. Cómo no ser la clienta desalmada que avecina la llegada de la información y esconde la cabeza en la tierra para que el saber no la involucre. Qué decir, de qué forma. Le expliqué que había visto el cartel y que eso era todo lo que conocía. No tuve que esperar mucho más para toparme con la verdad: la recepcionista rubia había tenido un paro cardíaco. Dijo su nombre, nunca lo aprendí y para estas alturas tampoco era necesario.

Generé una empatía medida, atípica para mis niveles de exageración. La cera caliente ardía en mi cavado y mi atención se las ingeniaba para ausentarse de todo lo que sucedía en ese nuevo episodio que me tenía como víctima voluntaria del patriarcado. Cuando menos lo esperaba, llegó lo inevitable: Patricia comenzó a llorar. La dureza de cartón que yo impostaba se desvaneció tan rápido como esos suspiros que deberían servir para que el tirón no doliera tanto. Me pidió disculpas, que me diera vuelta y me separara los glúteos con las dos manos. Con la cera quemándome entendí que muchas interpretaciones pueden hablar de lo mismo, y que para mí una extraña había sufrido un proceso natural, pero a mi depiladora se le había muerto una amiga. Pensé en las mías, en qué pasaría si las pierdo. En ese instante mi cuerpo se anestesió, como si la portadora de la espátula de madera hubiese absorbido todo el dolor del mundo. No me sentí triste, ni avergonzada; solo estúpida.

Patricia seguía llorando pero en ningún momento perdió de vista su objetivo. Pensé en abrazarla más de cinco veces, pero mi posición y mi desnudez hubieran enrarecido el gesto noble. Admiré la batalla que libraba, su alternancia entre la aplicación de cera y el secado de lágrimas, sin que su pulso perdiera la efectividad que su voz ya no tenía para sostener las palabras.

Terminó su trabajo en tiempo y, tal vez, en forma. Me paré sintiéndome más mujer. Aun antes de salir de la sala supe que la sensibilidad está tan encarnada en nuestros actos como la capacidad de comer lo que la vida pone en el plato. Que la facilidad para exteriorizar el dolor no nos hace débiles. Que nuestras emociones no nos impiden tener una vida útil, porque lo que quema por fuera y por dentro nos hace respirar profundo, pero no nos quita el aire.

Los pelos crecen como las niñas que al depilarse se convierten en mujeres a las que hablar les brinda alivio, porque el dolor siempre pasa por el cuerpo, pero se hace más llevadero cuando no dejamos que muera adentro.

De pelos.

Tenía el pelo suelto. Yo. Él tenía el pelo corto y estaba sentado en la única mesa redonda del café. Era la segunda vez que entraba a Los Lirios y me topaba con esa piel blanca, ese pelo y cejas negras y los ojos claros más inconfundibles.

Elegí mi ubicación con estrategia y pedí lo mismo que él. Así descubrí que la distancia favorece a una vista panorámica y que el strudel de manzana no me gusta.

No iba a perder otra vez la oportunidad. Saqué de mi mochila una libreta, una lapicera y la colita de pelo bordó que estaba en el bolsillo. Me lo até todo recogido hacia atrás. Escribí: “Daniela, 15 5 8…”, pero interrumpí mi sincericido telefónico porque el pelo me tiraba. Lo solté, acomodé y volví a atar. Tomé la lapicera pero me había quedado un globo, una joroba casi en la nuca, así que lo solté y volvía a atar. Releí y estaba incómoda con todo. Tiré el papel y liberé a mi cabeza de la prisión de la gomita. Mis manos comenzaron a transpirar.

Empecé de nuevo. Otro papel, las mismas expectativas sentimentales de siempre. “Daniela, 15 5…”, ahora con letra más redonda y varios mechones marcándome franjas en la cara. Opté por la solución más efímera: hacerme un rodete con mi propio pelo. Una idea brillante que jamás funciona si no tenés rulos. De todos modos, apenas cayó, reincidí. Y cuando de nuevo ocurrió el derrumbe, fijé el rodete con otra lapicera que rescaté del fondo de la mochila. En algún momento de mi adolescencia me había convencido de que eso me daba frescura y espontaneidad. Pero el reflejo de la ventana me contaba que solo era una piba con una lapicera en la cabeza. Desistí y dejé que el largo se explayara sobre mi espalda.

Era en ese momento o nunca. Y nunca, nunca es opción. Mi potencial futuro esposo no se iba a quedar a vivir en el café, y yo tenía que hacerle saber de este enamoramiento oportuno. De nuevo un papel en blanco, la tinta y las ganas: “Daniela, 15 5 839 3219”. Esa vez pude terminar de redactar y sentí orgullo. Me tome el pelo con la mano derecha, lo llevé por completo hacia ese costado y doblé la mini guía telefónica autorreferencial. Comenzó a picarme el lateral del cuello así que me hice una trenza y lo tiré para atrás. Se desarmó al instante, pero no lo noté sino unos minutos después, cuando en un descuido metí un mechón en el café con leche.

Todas las cartas estaban listas para ser jugadas. Me tenía que parar, darle el papel y volver. No era tan difícil. Repasé los movimientos. Esperé. Esperé cinco minutos. Diez. El café con leche se enfrió y la manzana del strudel se suicidó contra el plato. Me quería parar pero una fuerza me imantaba a la silla. El plan era infalible y sin embargo me aterraba. Lo peor que podía suceder era que no sucediera nada, y aun así la travesía hasta su mesa se me presentaba imposible. Esperé. Pidió la cuenta. Me recogí el pelo con rapidez, una colita bien alta. Pagó. Yo seguía posponiendo la alarma. Se paró. Era mis quince segundos de fama sentimental…

Se fue.

Yo seguía sentada.

El papel con el número de teléfono me miraba desde mi mesa.

Lo rompí para dejarlo morir en el cenicero y no tener que lidiar con mi agonía. Con un último aliento me solté el pelo y definí que iba a quedar así por el resto de la tarde, que ya era noche.

Salí de ese bar levantándole una bandera blanca a mi valentía y habiendo dejado en la silla la marca de la batalla trunca. El pelo me abrazó la cara por culpa del viento, lo separé como si mis manos fueran rastrillos sobre mis pómulos, con bronca, pero con más resignación. Caminé las cuadras interminables y subí las escaleras hasta el quinto piso a modo de escarmiento, mientras el viaje en ascensor de mi vecina funcionaba como una banda sonora burlona.

Entré a mi departamento agitada. La probabilidad perdida me hervía en la sangre. Me miré en el espejo como la cobarde que tenía una tarea simple y no pudo con el miedo al fracaso.

Y ahí mismo, mirando mi reflejo entre los barrotes imaginarios de una cárcel autoimpuesta, me pregunté cuándo había permitido que la timidez sea la figura de mis límites y en qué momento me había hecho de nuevo una colita en el pelo.

 

 

Jaque mate.

Hola Adri!

Disculpame que te moleste a esta hora de la madrugada, ojalá estés durmiendo y no te despierte. Sucede que me desvelé y ando con un temita hace varios días, quizás podías ayudarme: se me tapa el mate.

Me pasa cada vez que lo uso o cuando te miro. Ya cambié la bombilla, el recipiente del mate, la yerba, probé distintas temperaturas para el agua, distintos materiales (cuero, vidrio, calabaza); pero nada funciona, no puedo dejar de pensar en vos. No sé si tiene que ver con la presión que ejerzo cuando aspiro o con que me gustás mucho, pero cada desayuno o merienda es un tedio en el que lucho contra una gravedad que compite con mi objetivo.

El inconveniente es nuevo, tomé mate toda mi vida, nunca me pasó esto de no poder sacarme de la cabeza una sonrisa. Hasta me da vergüenza porque parece a propósito, cuando vienen invitados funciona perfecto, pero basta que lo agarre yo para presenciar el atasco.

Me dieron mil consejos: que no lo revuelva porque es peor, que lo sacuda antes de poner el agua, que trate de pensar en otras personas, que evite la yerba sin palo, que hunda la bombilla en azúcar; pero es imposible. Nada funciona. Te imagino dándome un beso y se me desestabiliza el sistema.

¿Qué puedo hacer?

No quiero dejar de intentarlo, alguna solución tiene que existir. Disfruto mucho de mis tardes en el balcón con el termo de compañía, o de verte llegar al trabajo con esa carita preciosa a la que jamás le afectó la mañana.

No voy a pasarme al té ni a hacerme la que me interesa Andy de Sistemas. También me aconsejaron que pruebe con tereré pero fue peor, pareciera no haber salida, hay algo en tu mirada que me mantiene viva y es único.

Es gracioso verme cebar porque a veces me paro o hago posiciones extrañas, me lo tomo con humor porque es lo único que puedo tomar, ya que el agua no sube.

¿Querés ir a tomar algo, algún día?

No pienses que me desvelé por este temita del mate, a veces me cuesta dormir, y eso que no estoy tomando café o stalkeando tus fotos. Creo que a todos nos pasa, algunas noches entendemos que algo tiene que cambiar y esperamos que sea para mejor.

Te mando un beso enorme y respondeme cuando puedas.

Sol.

En un ratito ya amanece y arranca la ceremonia de querer que suceda. Y de tratar de tomar mate también.